Capital, capitalismo y Estados Unidos

            Pregunta de calado: ¿está en guerra el capital? Y, ampliando la derivada, ¿el capitalismo? La respuesta es “no”, desde una perspectiva digamos que convencional (o belicista), aunque se es consciente de que esto es discutible (al respecto, véanse las aportaciones de John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, que habla de un “realismo ofensivo” y de la posibilidad del estallido de una guerra mundial; Graham Allison, de la Universidad de Harvard, que replica la “trampa de Tucídides” –el desafío de una potencia emergente a otra consolidada–, la probabilidad de la guerra por tanto; y Mary Kaldor, de London School of Economics, que expone que vamos hacia guerras económicas y tecnológicas). Ahora bien, el conflicto evita –por el momento– la batalla abierta, física, militar, con tintes mundialistas –si bien existen focos dramáticos localizados–, para encuadrarse en otras coordenadas.

Veamos algunas cifras. Según las series históricas de Corporate Profits en Estados Unidos, los beneficios empresariales han aumentado de manera constante desde 2019, con 2,5 billones de dólares, hasta 4 billones en 2025. En el caso de la Unión Europea, la participación de los beneficios en el valor añadido se ha situado entorno al 40% entre 2019 y 2024. Magnitudes muy destacadas.

            Ahora bien, si nos adentramos en la economía de Estados Unidos, los datos son contundentes. Los aliados de la OTAN y miembros de la Unión Europea tienen 3,3 billones de dólares en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Tres veces más que China. Todo en un contexto de incremento de la deuda estadounidense sobre PIB: 123%. Otras variables son relevantes, y afectan a la evolución de la desigualdad en el país norteamericano: el 20% de los más ricos realiza el 60% del gasto total en consumo. El 80% más pobre realiza el 40%, según la Oficina de Estadísticas Laborales norteamericana. Un desequilibrio social cada vez más visible.

            En este escenario de incremento de la deuda estadounidense, de la desigualdad y de las cifras que se van conociendo sobre el control de aquella deuda por parte de tenedores extranjeros, la administración Trump está abriendo más boquetes a la economía internacional. E, igualmente, a la sensación de seguridad interior en el propio país. Se agudiza un período de fuerte incertidumbre en el que, no obstante, los indicadores de inflación y de crecimiento económico, ambos positivos, están sorprendiendo por el momento, si bien debe auscultarse con precisión lo que se vaya a culminar en 2026.

            En ese contexto de crispación geopolítica, espoleada por Trump y su administración, vemos una clara hostilidad hacia Europa –que, no se olvide, significa el 20% del comercio de Estados Unidos–, no debe relegarse que el viejo continente posee el 40% de los bonos del Tesoro estadounidense –según cálculos del Financial Times–, una cifra considerable. La idea de equilibrio no se halla en la cabeza de Trump ni de sus gurús económicos, más preocupados por fijar condiciones draconianas en el exterior, sin tener en cuenta los problemas directos, internos, que se derivan de tales despliegues.

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