La idea de la austeridad recorre de nuevo Europa

            Los denominados “países frugales” de Europa (Alemania, Austria, Dinamarca, Países Bajos, Finlandia y Suecia) han señalado que el presupuesto de la Comisión Europea, de 2 billones de euros, debe reducirse. El planteamiento evoca la llamada “austeridad expansiva”, esa política económica que se implementó a partir de finales de 2008 –la Gran Recesión– en la Unión Europea, con recortes importantes en el gasto público y soluciones de rescates bancarios como vías de escape. El resultado de todo esto fue letal: búsqueda casi patológica de un equilibrio presupuestario en época de crisis, cierre del crédito, caída de la inversión, cerrazón comercial, reducciones salariales, contracción del gasto social, elementos todos ellos que configuran el mosaico de una recesión. Es suficiente recordar que, en los países del sur de Europa, esto significó un coste social de primer orden: tanto en España, Portugal, Italia y, sobre todo, Grecia. Desde 2011, se aplicaron ajustes muy severos, y el país heleno vio caer su PIB en un 25%: un desplome de guerra. En España, la política del presidente Rajoy se escoró sin disimulo al rescate bancario –cuyo monto no se ha recuperado– y al tijeretazo a pensiones, inversiones y prestaciones sociales. La Gran Recesión marca un punto de arranque que, a pesar de las medidas macroprudenciales que se han establecido desde la esfera financiera, no están evitando que la financiarización de la economía siga en auge. Todo esto lo hemos escrito en otras ocasiones, pero la memoria es tan frágil e incómoda que se elude, que se arrincona. Que se ignora. Por tanto, necesitamos seguir rearmando una narrativa que se enfrente a ese plan de transformar el presupuesto de la Unión Europea en una exposición anémica en política económica.

            Porque, recordémoslo una vez más, en lugar de entender que el hundimiento está asegurado en un área con una única moneda, un solo banco emisor y criterios homogéneos de déficit y deuda, si no hay soluciones para todos los países, se optó en la Gran Recesión –y parece que ahora también– por dividir en dos la Unión Europea. Una parte, estaría formada por las naciones más virtuosas, las “frugales” del norte –con una connotación calvinista evidente–; por otra, se hallarían las “pecadoras”, portadoras del despilfarro, emplazadas en el sur. Lo expuesto más arriba, esa austeridad draconiana, se aplicó sin recato a este sur, a pesar de que la propia Alemania sabía –y esto es crucial– que esta política económica era injusta, incluso innecesaria. Ángela Merkel, en una cena privada, lo reconoció: Alemania bien podía rescatar a Grecia, pero la CDU –el partido de la canciller–, en este caso, perdería las elecciones (tomo este dato del libro de Arancha González Laya, Solos en el mundo, Arpa, pág. 149). No hubo razones claramente técnicas en desarrollar una austeridad expansiva, sino de carácter más bien político. Con una filosofía, por llamarlo de alguna manera, que descansaba sobre saber quién recortaba más, una loca carrera de austericidas: recordemos las declaraciones que se recuperaron de soslayo del entonces ministro de Economía de España, Luis de Guindos, indicando que se preparaba un recorte importante para la economía española, sacando pecho por esto. Perpetrando el sacrificio social, ganando medallas entre los “frugales”. La Unión Europea salió de la crisis en 2014 –seis años después de su inicio–, mientras que, en Estados Unidos, con una pauta diferente, la recensión se remontó en poco más de un año.

            Las evidencias en economía no pueden ser ignoradas. Y hay demasiadas como para poner en cuarentena lo que los “frugales” pretenden de nuevo: recortar la capacidad de incidencia pública de la Unión Europea, en un momento en el que urgen inversiones, compromisos comunes y acciones específicas destinadas a fomentar la industrialización, la seguridad europea, hacer frente a la transición energética y luchar contra el cambio climático y el reto demográfico, que comporta incidir a su vez en la desigualdad. En un contexto en el que la nueva geopolítica avanza rápidamente. Estados Unidos, en declive, resiste, aunque con severos problemas en su deuda pública (como se está revelando, con toda su crudeza, en los turbulentos movimientos con el yen japonés para que Japón no ponga en el mercado los bonos del Tesoro estadounidense), en inflación y en ralentización en la creación de empleo; China, la nueva superpotencia, que debe hacer frente a su sobreproducción y bajo consumo interno, su talón de Aquiles; Rusia, revisitando un imperio perdido, más sometida a China de lo que quisiera; el Sur global, heterogéneo y con interés en marcar un protagonismo propio con el renacimiento de los BRICS. Y la Unión Europea, desunida, sin estrategia conjunta, con intentos para consolidar nuevos espacios de colaboración con Latinoamérica –el Mercosur–, Canadá –con voz propia cada vez más solvente en la distopía trumpista–, Australia, entre otras posibilidades que se abren hacia el Pacífico. Porque si Ormuz es importante, Malaca no se queda atrás: Asia-Pacífico, el nuevo epicentro de esta re-globalización en la que los bloques geopolíticos se van afianzando, rearmándose.

Iniciar movimientos como el propuesto por los “frugales”, recortando posibilidades presupuestarias para inducir políticas comunes, en el marco de esa geopolítica, supone una miopía reiterativa: ya sabemos cómo acaba todo esto. Es la garantía de un fracaso, una muesca más en la culata de esos “frugales”. Una obstinación, incomprensible y decepcionante, que debilita las opciones de la Unión Europea.

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