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Intervención en catalán en el homenaje al doctor Jordi Nadal. Ateneu de Barcelona, junio de 2023 (mi intervención se inicia en el tiempo: 1 hora 48 minutos)
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Entrevista a Carles Manera, por Max Contestí Tarrafeta (The New Context)
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Seis píldoras económicas (y una reflexión política)
1. Intervencionismo. Se ha hablado mucho, en Balears, a raíz de las declaraciones de una dirigente de la patronal hotelera. Se ha criticado que el gobierno autonómico ha sido muy intervencionista. Parece que no se recuerdan las ayudas, de todo tipo, que se han planteado desde el ejecutivo regional y desde el gobierno central: ERTE’s, fondos de inversión, Next Generation, etc. Un intervencionismo, miren por dónde, que ha salvado tanto la economía balear como la española. Y a las empresas. Estos dirigentes patronales no pueden ser tan desmemoriados, por lo que concluimos que esas soflamas están presididas más por el cinismo y la cobardía (no decir esto que están diciendo ahora, mucho antes, cuando se fraguaban acuerdos con sindicatos y programas públicos de ayudas) que por la honestidad.
2. Derogar el “sanchismo”. Concretemos: subida de las pensiones, subida del SMI, tope al gas, reforma laboral, ley de Eutanasia, Ley de Cambio Climático, Ley de Memoria Democrática, impuesto a la banca y a las grandes energéticas, IMV, crecimiento económico vigoroso, mercado laboral dinámico y con mejores contratos, etc. Derogar todo esto para ir ¿hacia dónde?
3. Valoración positiva en el exterior. The Guardian, The Economist y el Financial Times, en sendos artículos, piden el apoyo –en concreto: el voto– para el presidente Sánchez, frente a la unión de unas derechas con hojas de ruta distópicas, tendentes a desmontar los resortes básicos del Estado del Bienestar. Las publicaciones citadas son referencias ineludibles para la economía liberal, e indican la “estrategia económica positiva por superar la crisis energética y superar la inflación mejor que la mayoría de estados de la Unión Europea”. El editorial de The Guardian, explícito: “Europa necesita que la jugada de Pedro Sánchez salga bien”.
4. Macroeconomía potente. Más de 20,8 millones de afiliados a la Seguridad Social, tasa de paro del 12% en España (de poco más del 5% en Balears: plena ocupación), un sector exterior –turismo y exportaciones– con gran empuje, una inflación que ronda el 3% y que, probablemente, se acercará al 2% antes del verano. Ni apocalipsis, ni crisis terminal, ni catástrofe.
5. Modelo macroeconómico AIREF: previsión de un crecimiento económico trimestral para España del 1,02%. Una cifra contundente, que no tiene contraste alguno con los profetas del desastre.
6. Análisis del Banco de España: mejora de la capacidad de financiación exterior de España, en los últimos tres años, a pesar de la dura coyuntura económica. El Banco anticipa la recuperación del PIB pre-pandemia y mejora sus previsiones de crecimiento para la economía española.
Las izquierdas, en este nuevo escenario electoral, deberían enfatizar más lo conseguido que afecta a un amplio conjunto, mayoritario, de la población, que adentrarse en debates sobre minorías con explicaciones que urgen de matizaciones importantes, que o llegan distorsionadas o no llegan a la gente. Todo junto a una apelación directa a los sentimientos: ya se tienen indicadores –Madrid, Andalucía, Murcia, Castilla-León– de lo que puede venir a nivel nacional. La situación es complicada. Pero existe margen de maniobra.
Publicado en PENSAMIENTO POLÍTICO
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Las izquierdas ante el espejo
La sociología electoral sorprende. Niveles de renta determinados, humildes, apuestan por opciones políticas aparentemente contradictorias con sus intereses. Colectivos modestos, de trabajadores con precariedades de todo tipo, acaban por otorgar su voto a partidos que van a hacer nada, o muy poco, por ellos. No es fácil entender esto, a pesar de que las ciencias sociales tratan de ofrecer argumentos al respecto. En la Unión Europea y en España, las políticas económicas y sociales implementadas desde la COVID-19, han tenido fuertes inspiraciones keynesianas, que han facilitado contener mayores impactos negativos. ERTE’s, ayudas a empresas, préstamos blandos, subidas del salario mínimo, de las pensiones, impulso al ingreso mínimo vital, etc. son algunas de las medidas puestas en marcha, que han favorecido de forma preeminente a la clase media y a la trabajadora.
Sin embargo, esto no se traduce en una correlación electoral. Es más: aquellos partidos que se han opuesto a todas esas iniciativas, mantienen un suelo electoral muy alto y arrasan, como se ha visto en las últimas elecciones municipales y autonómicas en España, un hecho que no es fácil explicar por muchas elucubraciones que se hagan. Pero el fenómeno no solo es español; atañe también a otros países, incluso a otros hemisferios. Derecha y ultraderecha se permiten vociferar en contra de derechos fundamentales o zancadilleando avances sociales y económicos, como lo visto en el ámbito de las instituciones europeas, con claros boicots en relación a los fondos Next Generation hacia España, sin que esa actitud anti-patriótica parezca pasarles factura alguna. En paralelo, dirigentes de esas derechas emiten mensajes falsos –como, por ejemplo, todo lo relacionado con la falsa pervivencia de ETA–, que se pueden desmontar con relativa facilidad, pero con una consecuencia: esos mensajes calan en segmentos significativos de la sociedad, que los reciben desde redes sociales, informativos tendenciosos y con escasísimo contrapunto por parte de los medios más profesionalmente serios.
No es posible entender la consolidación de los votos derechistas sin que una parte sustancial de ellos provenga de capas populares. Los datos lo corroboran. Estos mismos colectivos que han sido protegidos por la política económica que se ha desempeñado desde 2020, y que se vuelven en contra de su mantenimiento y mayor despliegue votando opciones que preconizaron en campaña el desmantelamiento total o parcial de los avances alcanzados. Sin pudor alguno, sin factura electoral. Sorprendente.
Ni sociólogos, ni economistas, ni politólogos tienen argumentos convincentes para explicar esto. Sus análisis se mueven en pensamientos más abstractos o mecánicos: agotamiento de un ciclo electoral, condicionantes socioeconómicos que justifican ese comportamiento en los comicios…Puede ser, todo ello, razonable. Pero no acaba de dar en el clavo. Hay un desclasamiento explicable, quizás por la pérdida de identidad de clase social (aquella distinción marxiana entre “clase en si” y “clase para si”). Esto parece ser más frecuente en sociedades en las que las economías de servicios son las dominantes, con procesos profundos de desindustrialización. A ello, cabe añadir la pérdida de capacidad de influencia de los sindicatos; en tal sentido, en aquellas sociedades en las que el poder sindical es más sólido, se consiguen avances y mejoras en las negociaciones con las patronales y las administraciones.
El desclasamiento tiene, por tanto, múltiples aristas, porque no tiene en cuenta, por ejemplo, los esfuerzos que ha podido desarrollar la economía pública en coyunturas concretas –como durante la pandemia o en el marco de la guerra europea–. Las claves en la esfera económica no cuadran, de manera que se deberán buscar en otros terrenos. Aquí, la vertiente cultural, en su sentido más amplio, es importante, toda vez que incorpora la ideología. La identidad frente a la racionalidad. Y, dentro de aquella, los reclamos simples para encarar problemas complejos. Resulta sencillo invocar los sentimientos más íntimos y tocar las teclas más viscerales con mensajes epidérmicos, ligeros, fáciles.
Pero los hechos que nos rodean son cualquier cosa menos sencillos; así, explicar la complejidad, con matices y argumentos, conduce a la pérdida de conexión con la masa social a la que se quiere llegar. Esto lo ha entendido muy bien la ultraderecha, y ha extendido esa metodología infantiloide pero efectiva a la derecha en su totalidad. De esta forma, se niega el cambio climático, la igualdad de género, los derechos de las minorías, las diferencias culturales, y la economía pública: todo se presenta entonces como inventos de colectivos parasitarios o producto de unas fuerzas de izquierda que persiguen la socialización absoluta de los medios de producción. El negacionismo se distribuye con la mentira como divisa: esto, como se apuntaba, se hace poroso en todo el espectro de la derecha, en un preocupante proceso que tiene ya tintes planetarios.
En el caso de España y de sus comunidades autónomas y ayuntamientos, otro factor es clave: la atomización a la izquierda del partido socialista. Las trayectorias históricas han demostrado, con contundencia, que la división de las fuerzas progresistas representa un acicate para las derechas. Un gran regalo. Esa fragmentación desestimula a los votantes de izquierdas, a la vez que anima a los de derechas. Mientras esa ecuación no se resuelva, la izquierda, en su conjunto, seguirá viviendo momentos duros como los presentes. Los análisis, en tal contexto, suelen buscar responsables. Algunos columnistas, no necesariamente conservadores, han vuelto de nuevo a culpabilizar a la Moncloa de la derrota electoral. Es como una demonización del presidente Pedro Sánchez, al que se le adjudican todas las calamidades, y no se le aprecia éxito alguno ni su capacidad de respuesta ante las tremendas coyunturas por las que ha pasado España. Un presidente que ha liderado unos gobiernos que han proporcionado verdaderos diques de contención a los impactos de una pandemia y de una guerra, por no citar otros acontecimientos desastrosos que se han vivido. Su respuesta expeditiva, arriesgada, valiente: la convocatoria electoral para el mes de julio. Un órdago, una operación a corazón abierto, como se ha dicho, una ofensiva final en la que dilucidar si la política económica aplicada por el gobierno de Sánchez se acepta o se rechaza.
En tal sentido, no sería arriesgado plantearse un contrafactual: ¿qué hubiera sucedido en España sin las medidas económicas, sociales y sanitarias tomadas por el gabinete del presidente? ¿qué corolarios sociales tendrían otras propuestas? ¿qué hubieran hecho los que se negaron a todo y que ahora amenazan con desmantelar, como decíamos, lo alcanzado? Llegar a unos comicios regionales y municipales con un 12% de desempleo, el mayor crecimiento económico de la Eurozona y unas perspectivas positivas en este campo para los próximos meses, ¿se hubieran obtenido con otra política económica, con la que suelen preconizar las derechas, centradas en bajadas de impuestos y desregulaciones generales?
Perseguir a los posibles responsables de la pérdida electoral elude otro vector: buscar una responsabilidad también ciudadana. La ciudadanía tiene también su cuota en este aspecto. Una ciudadanía que ha visto aumentar sus pensiones, el salario mínimo, ingresos aleatorios o preservación de los empleos en plena pandemia. Y que no valora, al parecer, todo esto, creyendo los cantos de sirena de mensajes vacuos, que enarbolan conceptos sin más concreción que un individualismo asocial, una libertad sin profundidad social, una justicia sin una perspectiva social. Sin bajar al lodo de lo cotidiano más que para negar lo avanzado. Muchos ciudadanos han emitido su voto ultraderechista creyendo todo eso, y probablemente muchos de ellos se han dañado a si mismos y a otros como ellos, máxime si su procedencia radica en las capas más humildes de la sociedad. Aquí residen, igualmente, cuotas de responsabilidad, que deben añadirse a las que provienen del ámbito más estrictamente político.
La resistencia es la capacidad de levantarse de los golpes, y tratar de volver a una senda vencedora. Resistir, de alguna forma, es ganar. El desánimo es natural; negarlo no es inteligente. Pero la resistencia va a ser la clave: una capacidad resiliente que debería hacernos salir del agujero en el que, ahora mismo, estamos ubicados. Las izquierdas, en esta nueva hoja de ruta, deberían enfatizar más lo conseguido que afecta a un amplio conjunto, mayoritario, de la población –aspectos ya reseñados–, que adentrarse en debates sobre minorías con explicaciones que urgen de matizaciones importantes, que en muchas ocasiones llegan distorsionadas –o simplemente no llegan– a la gente. La situación es complicada. Pero existe, todavía, margen de maniobra. Si de los resultados de los comicios municipales y autonómicos las izquierdas no han aprendido las lecciones pertinentes (a saber: evitar las divisiones por parte de sus formaciones políticas, ir a votar la ciudadanía progresista, reivindicar los derechos y programas conseguidos y dirigidos de forma directa a la clase trabajadora), entonces deberemos concluir que este país, efectivamente, se ha derechizado y ha permitido que el neofascismo se inserte en las instituciones. Se habrá entonces reducido la agonía hasta diciembre –la fecha originaria de las elecciones generales–, pero nos habremos instalado, ya casi definitivamente, en una derrota con enormes consecuencias.
Publicado en PENSAMIENTO POLÍTICO
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Consolidación fiscal: ¿austeridad?
La Comisión Europea ha indicado que en España debe iniciarse un proceso de consolidación fiscal en 2024. En palabras más directas: limitar el crecimiento del gasto público en un 2,6%, para ancorar el déficit en el 3%. Se indica, además, que se deberían eliminar ayudas energéticas a fines de 2023, e impulsar las inversiones derivadas del Next Generation. El tema forma parte de las reglas fiscales que se están dirimiendo en el seno de la Comisión, que fijan su punto neurálgico, además, en los incrementos de las deudas públicas de los países.
La propuesta tiene sus contradicciones. En primer lugar, porque el aspecto de reducir la deuda pública, en el contexto en el que nos movemos, va a penalizar sobre todo a los países del sur de Europa, con niveles dispares de deuda pública sobre PIB, si bien que elevados (España tiene una ratio de 113% sobre PIB). La disciplina fiscal va a ayudar, sobre todo, a Alemania, con clara ventaja competitiva para financiar internamente –sin recurrir a préstamos extranjeros– su política económica. Un ejemplo: el programa alemán para subsidiar inversiones y proyectos energéticos para su industria, una acción que sin duda incrementará la deuda germánica. Pero que, en este caso, se ve con benevolencia, una acción que no ha gustado a otros países comunitarios. La noción de que existen situaciones dispares en el seno de la Unión urgiría a arbitrar planes más mutualizados, de carácter más confederal, en un mundo cambiante en esta nueva fase de la globalización.
En segundo término, es difícil conjugar dos verbos que aparecen en las directrices de Bruselas: recortar (o ajustar) e invertir. En esta coyuntura, lo razonable sería concretar un paquete potente de bienes públicos en el marco de la Unión Europea, que siguiera la senda de los proyectos iniciados –y que deben continuar hasta 2026– del Next Generation. Las inversiones desplegadas y liquidadas van a potenciar la recaudación fiscal y, por tanto, hacer más sostenibles las deudas públicas de los países. La contracción inversora, impelida por la necesidad de controlar el gasto público, tendrá como consecuencias evidentes –ya demostradas en el curso de la Gran Recesión– la caída de las recaudaciones tributarias y, por ende, la mayor necesidad de endeudamiento para afrontar los retos de los gobiernos.
En tercer lugar, no se debe perder de vista el ciclo económico en el que estamos insertos: todavía existen amenazas tangibles para una recuperación más sólida de la economía europea –la persistencia de la guerra, la inflación, el descontento de la población–, con lo que actuar con medidas pro-cíclicas, es decir, contractivas en este caso, puede resultar más lesivo para las economías.
En estas coordenadas, la política monetaria no ha de olvidar este contexto socio-económico, teniendo bien presente que el primordial cometido, estatutario, de los bancos centrales es la vigilancia sobre la inflación. Las subidas de tipos de interés se deberían ralentizar y fijar un horizonte de desenlace: probablemente, a fines de este año, tanto para el caso de Estados Unidos como para el de la Unión Europea, si bien con ritmos diferentes.
Publicado en ECONOMÍA ESPAÑOLA
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Se equivocan los profetas del desastre y de la apocalipsis
Niño Becerra, Lacalle, Rallo, son algunos de los economistas que llevan años anunciando cataclismos. No son los únicos nombres que están en esa tesitura. Su anuncio es, con algunas diferencias entre ellos, que la economía española y la economía mundial se encaminan sin remedio hacia el precipicio. Más aún: hacia el apocalipsis. El remedio, y esto es una deducción lógica, sería que se produjera un cambio de gobierno, en el caso español. Cada año, invariablemente, publican un libro en el que recogen, con nuevos bríos, el mensaje central que les unifica: el tremendismo económico. Mientras uno preconizaba, en el estallido de la pandemia, que la tasa de paro en España llegaría al 30% y que dos de cada tres pymes desaparecerían; otro aventuraba que una gravísima recesión va a llegar en pocos años. Si uno trata de adentrarse en sus trabajos, observa que buena parte de esas premoniciones se sustentan sobre intuiciones muy subjetivas e ideologizadas más que sobre sólidas bases empíricas.
Si un economista anuncia que va a venir una crisis económica, háganle caso: tarde o temprano, esa crisis llegará. La forma de la misma tendrá perfiles distintos, en función de sus causas. Pero los economistas sabemos, desde las aportaciones de los clásicos y los trabajos de Kuznets, Jutglar, Kichin, Kondratieff, Schumpeter (y buena parte de la escuela austríaca en economía), junto a las evidencias históricas, que los ciclos económicos existen en economía. Y que, por tanto, las crisis de ajuste aparecerán: bien por causas financieras, de sobreproducción, de estrangulamiento de la oferta, o por causas ajenas a la propia economía (como es el ejemplo del coronavirus).
El reto para el economista es acertar el momento cronológico –entendido en un sentido amplio– en que esa crisis se hará efectiva. Es decir, cuándo se producirá. Porque señalar que se va a engendrar una crisis, ya lo sabemos: desde el primer curso de Facultad; no hay en esa afirmación novedad alguna. Lo importante sería concretar el tempus, y evidentemente acercarse a la realidad, en caso de que se acierte. Esto es lo que falla a estos verdaderos profetas agoreros, cuyas soflamas están muy presentes en medios de comunicación y redes sociales. Y cuyos mensajes impregnan el relato económico crítico de los partidos conservadores. Éstos han hecho suyos los argumentos derrotistas, tremendistas, en forma de una reedición de la teoría del caos: el orden llegaría, entonces, con el desembarco de las fuerzas conservadoras, con la aplicación de sus recetarios ortodoxos.
El problema para esos augures del desastre es la propia realidad. Los datos, que son tozudos y abundantes, insisten en desacreditar las perspectivas que ellos tienen. Y a pesar de cifras, informes, documentos, declaraciones, realizados por instituciones de referencia, que van en dirección totalmente contraria a lo que ellos dicen, esos economistas persisten, obstinadamente, en negar lo que incluso las palestras liberales (The Economist, Financial Times, por poner sendos ejemplos) más respetadas están subrayando: que no tienen razón. La economía es, entones, pasto de la ideología más casposa: sin rigor, sin seriedad.
Publicado en ECONOMÍA ESPAÑOLA
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Precios que empiezan a caer
Esto parece deducirse de los datos más recientes: la inflación empieza a ceder. Causas: primera, caída de precios de las materias primas energéticas en los mercados internacionales a partir del verano pasado; segunda, superación de los estrangulamientos de oferta –recuerden la parálisis en el transporte de mercancías desde los grandes puertos chinos, que tensó al alza los precios–; tercera, aplicación de medidas concretas de carácter fiscal por parte de los gobiernos. Todo esto ha posibilitado que la inflación global y en el área del euro inicie un proceso de ralentización profundo: desde un 10,6% en octubre de 2022 a un 6,9% en marzo de 2023. Reducción importante.
En la economía española, las cifras también se acoplan a esa sintonía. Los precios se van moderando, y ya se encuentran por debajo del 5%. De esta forma, España es el tercer país con menor inflación en el marco de la Unión Europea. Y, además, con un crecimiento económico robusto: en el primer trimestre de 2023, ha sido del 0,5%, el nivel previo a la pandemia. Las causas: el incremento del sector exterior –importaciones y exportaciones–, más la dinámica actividad de los servicios, con cifras que ya se sitúan en los niveles anteriores al COVID, junto al impulso fiscal y a la solidez del mercado de trabajo, reforzada tras la Reforma Laboral. Los datos son ilustrativos: crecimiento de más de un 4% de las horas trabajadas en el primer trimestre de 2023; y aumento del total de personas ocupadas del orden del 2,3%, por encima del nivel pre-pandémico. El corolario: una tasa de paro en el entorno del 13%, con intenso crecimiento de la contratación indefinida (todas las cifras proceden del Informe Anual 2022, del Banco de España).
Ahora bien, a pesar de la caída de los precios, su traslado a los alimenticios está resultando más lenta, si bien ya se ha apercibido en el último dato de abril 2023. Esto sugiere que se debe actuar sobre este vector crucial para la población, desde la política fiscal. En este contexto, la actuación de la política monetaria de la mano de los bancos centrales tenderá a atenuar las subidas de tipos de interés. Las últimas conocidas han sido suaves –0,25 puntos–, si bien se insiste en mantener nuevas subidas en el futuro inmediato. Sin embargo, cabe indicar un factor clave: el origen de la inflación que estamos viviendo es, como se sugería, de oferta, no de demanda. O sea, no se ha producido por un “sobrecalentamiento” de la economía, sino por causas derivadas de la guerra de Ucrania. “Desinflar” la inflación con subidas recurrentes de tipos de interés puede conducir a escenarios depresivos, ya que el problema no radica en un exceso de consumo, sino en otros factores. Entre ellos, el gran incremento de los márgenes empresariales –los beneficios, en suma–, un hecho destacado por el Banco de España, que ha incidido en la necesidad de establecer pactos de rentas. Las cifras, de nuevo: cierre de 2022 y primer trimestre de 2023, los convenios han concretado subidas salariales que no van más allá del 2,88%, mientras a la par los beneficios empresariales han subido más del 13%. Evitar efectos de segunda ronda, pactando. Ahí está una clave.
Publicado en ECONOMÍA ESPAÑOLA, ECONOMÍA EUROPEA
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El calzado de España, un sector industrial resistente (y exportador). Presentación en catalán en el homenaje a Jordi Nadal (Ateneu de Barcelona).
Publicado en HISTORIA ECONÓMICA
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Reglas económicas ¿inamovibles?
Las reglas económicas que se han escrito –reglas, no leyes; importante esta distinción– no son las tablas de Moisés. Es decir: están sujetas a cambios, en función de los entornos en los que dichas reglas se aplican. Esas reorientaciones de unos preceptos pretendidamente inamovibles, considerados como leyes perpetuas, tuvieron que variarse a tenor de los acontecimientos. Por ejemplo: las reglas rígidas del sistema monetario del patrón oro –equilibrio presupuestario a ultranza, no intervención pública en la economía, limitaciones a las emisiones monetarias, etc.– se acabaron por dinamitar a raíz de la Gran Depresión. La causa: no servían en una coyuntura deflacionaria y con desplome de la demanda agregada. J. Bradford DeLong, secretario del Tesoro de Estados Unidos durante el mandato del presidente Bill Clinton, un historiador y economista solvente, lo ha explicado con claridad en su reciente libro (Camino a la utopía, Deusto, Barcelona, 2023): esa gran crisis del capitalismo obligó a repensar las herramientas consideradas inmutables, y a utilizar otros resortes, otras palancas, para resolver los graves problemas –los más relevantes, insistimos, la desocupación y la deflación–.
De ahí emergió con fuerza la tesis, que el Circus de Cambridge –Keynes, Robinson, Sraffa, Kalecki, Khan– ya había mascullado durante años: la imperiosa necesidad de activar la inversión pública para que hiciera remover las paralizadas ruedas de la privada. Bradford DeLong, considerado como uno de los economistas-historiadores más influyentes hoy en día, se alinea, con su voluminosa obra, con lo que otros economistas e historiadores económicos han ido publicando en los últimos tiempos, a saber: la reivindicación de los impactos decisivos de los multiplicadores fiscales sobre el conjunto económico, desde la iniciativa del sector público, en coyunturas de recesión económica. Véanse, en tal sentido, solo dos muestras ilustrativas: el trabajo de Robert Skidelsky (¿Qué falla con la economía?, Deusto, Barcelona, 2022); o el todavía más reciente firmado por Antoni Castells, Paul de Grauwe y Jaume Guardiola (Hacia una nueva gobernanza fiscal en la zona euro: https://cercledeconomia.com/es/evento/cap-a-una-nova-governanca-fiscal-a-la-zona-euro/).
¿Por qué comentamos esto? Porque Bruselas está pensando en una revisión de las reglas fiscales, lo que genera un debate en el seno de los equipos económicos de la eurozona. Y, en el marco de las discusiones, parecen existir posiciones severas para regresar a una normas –las que podríamos enmarcar en la austeridad expansiva, reconocida a raíz de la Gran Recesión–. Entre los auspiciadores de ese retorno a las reglas canónicas, el gran promotor es el ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner: “los recortes duros son necesarios”, ha indicado el mandatario, arrinconando las consecuencias letales de esa política económica entre 2008 y 2015. Existe la suposición de que esas normas rígidas, estrictas, implacables, con pocos márgenes de flexibilidad, son, en efecto las reglas (es decir: no hay otras) a seguir, a vindicar, a aplicar, una vez más. Aunque las evidencias empíricas digan lo contrario.
Movilidad empresarial: las excusas que no sirven
¿Qué motiva que una empresa invierta en un territorio o se traslade a otro para seguir su actividad? Varios son los factores; apuntamos seis en concreto:
1. La renta de situación, es decir, que el territorio tenga claras ventajas de localización geográfica y/o económica: buenas comunicaciones.
2. La proximidad de primeras materias e inputs necesarios para la producción de la empresa en cuestión.
3. La existencia en el territorio de inversión de un capital humano que facilite y articule la actividad empresarial, con avances en la productividad.
4. Las ventajas fiscales.
5. La existencia de un mercado de trabajo flexible, con costes laborales unitarios bajos: productividad laboral baja pero altos beneficios por bajos salarios.
6. La laxitud normativa en los campos laboral y ambiental: mayores permisividades de des-regulación.
De estos seis puntos, el 4 es el que resulta sin duda más atractivo para empresas que operan en una economía avanzada y quieren trasladarse a otro país de igual o superior perfil. En el caso de las economías más desarrolladas de Europa, resulta difícil (e improbable, a no ser que exista un objetivo claro de desprestigio) argumentar dos factores: inseguridades jurídicas; y proximidad a otros mercados para acceder a ellos desde una perspectiva de alcanzar nuevos contratos, nuevos proyectos, mejores cotizaciones. En ambos casos, las características de la Unión Europa son suficientemente flexibles y, a la vez, determinantes para eludir cualquier pretexto que se ponga en la dirección de justificar un movimiento trashumante de las empresas. Por dos motivos:
a/ La seguridad jurídica está afianzada en el marco de la Eurozona, como mínimo en los países con mayor capacidad económica. Es evidente que las normativas pueden variar de una nación a otra; pero la tranquilidad jurídica preside las coordenadas de esas relaciones.
b/ La accesibilidad a otros mercados no resulta convincente, toda vez que, con las nuevas tecnologías, las empresas tienen un gran radio de acción para captar inversiones, demandas, financiación y, a la vez, canalizar sus productos y proyectos, hasta cotizar en bolsas extranjeras.
Es indudable que en una economía de mercado las empresas pueden moverse, en función de sus intereses. Y, entre éstos, las menores cargas fiscales constituyen un innegable acicate. La búsqueda de menores presiones fiscales acentúa la voracidad de las empresas que velan, sobre todo, por sus accionistas, al margen completamente del contexto económico y social en el que esas empresas forjaron sus inicios, afianzaron sus carteras y, finalmente, triunfaron.
Los estudios microeconómicos pueden determinar, a partir de información detallada, cómo se han ido gestando los balances de situación de las empresas. Posiblemente, las lecturas no serán entonces unidireccionales. Pero no abordar los beneficios fiscales –y laborales y de aplicación jurídica: normas menos regularizadas– como elementos centrales en el movimiento de las empresas, arguyendo inseguridades que no existen u otros pretextos, constituye un ejercicio equívoco, cínico y poco realista.
Publicado en GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA
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