Precios que empiezan a caer

            Esto parece deducirse de los datos más recientes: la inflación empieza a ceder. Causas: primera, caída de precios de las materias primas energéticas en los mercados internacionales a partir del verano pasado; segunda, superación de los estrangulamientos de oferta –recuerden la parálisis en el transporte de mercancías desde los grandes puertos chinos, que tensó al alza los precios–; tercera, aplicación de medidas concretas de carácter fiscal por parte de los gobiernos. Todo esto ha posibilitado que la inflación global y en el área del euro inicie un proceso de ralentización profundo: desde un 10,6% en octubre de 2022 a un 6,9% en marzo de 2023. Reducción importante.

            En la economía española, las cifras también se acoplan a esa sintonía. Los precios se van moderando, y ya se encuentran por debajo del 5%. De esta forma, España es el tercer país con menor inflación en el marco de la Unión Europea. Y, además, con un crecimiento económico robusto: en el primer trimestre de 2023, ha sido del 0,5%, el nivel previo a la pandemia. Las causas: el incremento del sector exterior –importaciones y exportaciones–, más la dinámica actividad de los servicios, con cifras que ya se sitúan en los niveles anteriores al COVID, junto al impulso fiscal y a la solidez del mercado de trabajo, reforzada tras la Reforma Laboral. Los datos son ilustrativos: crecimiento de más de un 4% de las horas trabajadas en el primer trimestre de 2023; y aumento del total de personas ocupadas del orden del 2,3%, por encima del nivel pre-pandémico. El corolario: una tasa de paro en el entorno del 13%, con intenso crecimiento de la contratación indefinida (todas las cifras proceden del Informe Anual 2022, del Banco de España).

            Ahora bien, a pesar de la caída de los precios, su traslado a los alimenticios está resultando más lenta, si bien ya se ha apercibido en el último dato de abril 2023. Esto sugiere que se debe actuar sobre este vector crucial para la población, desde la política fiscal. En este contexto, la actuación de la política monetaria de la mano de los bancos centrales tenderá a atenuar las subidas de tipos de interés. Las últimas conocidas han sido suaves –0,25 puntos–, si bien se insiste en mantener nuevas subidas en el futuro inmediato. Sin embargo, cabe indicar un factor clave: el origen de la inflación que estamos viviendo es, como se sugería, de oferta, no de demanda. O sea, no se ha producido por un “sobrecalentamiento” de la economía, sino por causas derivadas de la guerra de Ucrania. “Desinflar” la inflación con subidas recurrentes de tipos de interés puede conducir a escenarios depresivos, ya que el problema no radica en un exceso de consumo, sino en otros factores. Entre ellos, el gran incremento de los márgenes empresariales –los beneficios, en suma–, un hecho destacado por el Banco de España, que ha incidido en la necesidad de establecer pactos de rentas. Las cifras, de nuevo: cierre de 2022 y primer trimestre de 2023, los convenios han concretado subidas salariales que no van más allá del 2,88%, mientras a la par los beneficios empresariales han subido más del 13%. Evitar efectos de segunda ronda, pactando. Ahí está una clave.

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El calzado de España, un sector industrial resistente (y exportador). Presentación en catalán en el homenaje a Jordi Nadal (Ateneu de Barcelona).

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Reglas económicas ¿inamovibles?

            Las reglas económicas que se han escrito –reglas, no leyes; importante esta distinción– no son las tablas de Moisés. Es decir: están sujetas a cambios, en función de los entornos en los que dichas reglas se aplican. Esas reorientaciones de unos preceptos pretendidamente inamovibles, considerados como leyes perpetuas, tuvieron que variarse a tenor de los acontecimientos. Por ejemplo: las reglas rígidas del sistema monetario del patrón oro –equilibrio presupuestario a ultranza, no intervención pública en la economía, limitaciones a las emisiones monetarias, etc.– se acabaron por dinamitar a raíz de la Gran Depresión. La causa: no servían en una coyuntura deflacionaria y con desplome de la demanda agregada. J. Bradford DeLong, secretario del Tesoro de Estados Unidos durante el mandato del presidente Bill Clinton, un historiador y economista solvente, lo ha explicado con claridad en su reciente libro (Camino a la utopía, Deusto, Barcelona, 2023): esa gran crisis del capitalismo obligó a repensar las herramientas consideradas inmutables, y a utilizar otros resortes, otras palancas, para resolver los graves problemas –los más relevantes, insistimos, la desocupación y la deflación–.

De ahí emergió con fuerza la tesis, que el Circus de Cambridge –Keynes, Robinson, Sraffa, Kalecki, Khan– ya había mascullado durante años: la imperiosa necesidad de activar la inversión pública para que hiciera remover las paralizadas ruedas de la privada. Bradford DeLong, considerado como uno de los economistas-historiadores más influyentes hoy en día, se alinea, con su voluminosa obra, con lo que otros economistas e historiadores económicos han ido publicando en los últimos tiempos, a saber: la reivindicación de los impactos decisivos de los multiplicadores fiscales sobre el conjunto económico, desde la iniciativa del sector público, en coyunturas de recesión económica. Véanse, en tal sentido, solo dos muestras ilustrativas: el trabajo de Robert Skidelsky (¿Qué falla con la economía?, Deusto, Barcelona, 2022); o el todavía más reciente firmado por Antoni Castells, Paul de Grauwe y Jaume Guardiola (Hacia una nueva gobernanza fiscal en la zona euro: https://cercledeconomia.com/es/evento/cap-a-una-nova-governanca-fiscal-a-la-zona-euro/).

¿Por qué comentamos esto? Porque Bruselas está pensando en una revisión de las reglas fiscales, lo que genera un debate en el seno de los equipos económicos de la eurozona. Y, en el marco de las discusiones, parecen existir posiciones severas para regresar a una normas –las que podríamos enmarcar en la austeridad expansiva, reconocida a raíz de la Gran Recesión–. Entre los auspiciadores de ese retorno a las reglas canónicas, el gran promotor es el ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner: “los recortes duros son necesarios”, ha indicado el mandatario, arrinconando las consecuencias letales de esa política económica entre 2008 y 2015. Existe la suposición de que esas normas rígidas, estrictas, implacables, con pocos márgenes de flexibilidad, son, en efecto las reglas (es decir: no hay otras) a seguir, a vindicar, a aplicar, una vez más. Aunque las evidencias empíricas digan lo contrario.

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Movilidad empresarial: las excusas que no sirven

            ¿Qué motiva que una empresa invierta en un territorio o se traslade a otro para seguir su actividad? Varios son los factores; apuntamos seis en concreto:

1. La renta de situación, es decir, que el territorio tenga claras ventajas de localización geográfica y/o económica: buenas comunicaciones.

2. La proximidad de primeras materias e inputs necesarios para la producción de la empresa en cuestión.

3. La existencia en el territorio de inversión de un capital humano que facilite y articule la actividad empresarial, con avances en la productividad.

4. Las ventajas fiscales.

5. La existencia de un mercado de trabajo flexible, con costes laborales unitarios bajos: productividad laboral baja pero altos beneficios por bajos salarios.

6. La laxitud normativa en los campos laboral y ambiental: mayores permisividades de des-regulación.

            De estos seis puntos, el 4 es el que resulta sin duda más atractivo para empresas que operan en una economía avanzada y quieren trasladarse a otro país de igual o superior perfil. En el caso de las economías más desarrolladas de Europa, resulta difícil (e improbable, a no ser que exista un objetivo claro de desprestigio) argumentar dos factores: inseguridades jurídicas; y proximidad a otros mercados para acceder a ellos desde una perspectiva de alcanzar nuevos contratos, nuevos proyectos, mejores cotizaciones. En ambos casos, las características de la Unión Europa son suficientemente flexibles y, a la vez, determinantes para eludir cualquier pretexto que se ponga en la dirección de justificar un movimiento trashumante de las empresas. Por dos motivos:

a/ La seguridad jurídica está afianzada en el marco de la Eurozona, como mínimo en los países con mayor capacidad económica. Es evidente que las normativas pueden variar de una nación a otra; pero la tranquilidad jurídica preside las coordenadas de esas relaciones.

b/ La accesibilidad a otros mercados no resulta convincente, toda vez que, con las nuevas tecnologías, las empresas tienen un gran radio de acción para captar inversiones, demandas, financiación y, a la vez, canalizar sus productos y proyectos, hasta cotizar en bolsas extranjeras.

            Es indudable que en una economía de mercado las empresas pueden moverse, en función de sus intereses. Y, entre éstos, las menores cargas fiscales constituyen un innegable acicate. La búsqueda de menores presiones fiscales acentúa la voracidad de las empresas que velan, sobre todo, por sus accionistas, al margen completamente del contexto económico y social en el que esas empresas forjaron sus inicios, afianzaron sus carteras y, finalmente, triunfaron.

            Los estudios microeconómicos pueden determinar, a partir de información detallada, cómo se han ido gestando los balances de situación de las empresas. Posiblemente, las lecturas no serán entonces unidireccionales. Pero no abordar los beneficios fiscales –y laborales y de aplicación jurídica: normas menos regularizadas– como elementos centrales en el movimiento de las empresas, arguyendo inseguridades que no existen u otros pretextos, constituye un ejercicio equívoco, cínico y poco realista.

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Europa: ¿contagio financiero?

            La sombra de 2008 es alargada. Entonces, la crisis financiera se desató con fuerza y enterró un crecimiento que parecía exponencial. En Estados Unidos, la quiebra de Lehman Brothers supuso el desagüe financiero. Esto lo ha explicado Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal en el epicentro de la Gran Recesión, en sus memorias de esa crisis. Bernanke reconoció que sus conocimientos de historia económica –realizó su tesis doctoral sobre el crack de 1929– fueron decisivos para no incurrir en los errores que se habían adoptado al caer Wall Street, en octubre de 1929.

            Sin embargo, ahora esa sombra a la que aludíamos es alargada, ha reaparecido. La caída del banco SVB, en California, está motivando un cuerpo de comentarios de alto voltaje. Pero el contagio financiero generalizado en Europa no parece plausible, a pesar de los graves problemas del Crédit Suisse y del Deutsche Bank. Veamos, a nuestro entender, algunos elementos explicativos, de contraste.

1. El modelo de negocio de los bancos europeos es distinto al de los americanos, esencialmente los medianos, que son los que manifiestan problemas. El SVB, por ejemplo, es una entidad que ha concentrado tanto su activo como su pasivo, mientras que la banca europea ha diversificado su cartera de negocio.

2. Existen marcos regulatorios diferentes, que facilitan que los bancos europeos tengan requerimientos de capital y de liquidez muy superiores en comparación a los bancos medianos norteamericanos. Por tanto, disfrutan los europeos de una posición de liquidez y de capital más solvente, más sólida, para afrontar una turbulencia.

3. El SVB estaba posicionado negativamente ante subidas de tipos de interés, es decir: cuando éstos suben, se tienen menos beneficios. Por su parte, los bancos europeos tienen posiciones positivas a las subidas de tipos: ganan si éstos crecen.

4. Las medidas supervisoras son menos estrictas en las finanzas norteamericanas. A los bancos medianos se les aplican stress tests no demasiado exigentes, cada dos años. Los bancos europeos tienen stress tests cada año, auspiciados por el Mecanismo Único de Supervisión del Banco Central Europeo (SSM, por la sigla en inglés) con auditorías de liquidez, así como análisis sobre el riesgo actual o futuro para el capital y las ganancias del banco (IRRBB, sigla en inglés).

Los problemas estructurales son la base de esta tormenta financiera: la falta de regulación bancaria en Estados Unidos, con la derogación de leyes importantes (Trump en 2018). Ahora bien, otro elemento debe añadirse: los animals spirits, es decir, siguiendo la tesis keynesiana, la actitud, la visión, el digamos que “alma” de los agentes económicos. Éstos se contagian del pánico de manera bastante automática, a tenor de las noticias que se van divulgando: de ahí, por ejemplo, el vaivén bursátil.

No parece que estemos ante una reedición de 2008. Pero urge regularizar más la esfera financiera de la economía. Los mecanismos de supervisión macro-prudencial deben intervenir con regularidad, de forma rutinaria, en los procesos de auditorías y de revisiones del estado de los bancos, sean del tamaño que sean.

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Deuda pública con objetivos

            Banco de España: deuda pública de la economía española en 2022 ha cerrado con un 113% sobre PIB. Reducción de cinco puntos porcentuales, a pesar de que ello no elude el incremento en volumen del débito. El proceso de endeudamiento ha sido relevante en los últimos años, motivado por las necesidades de atajar los enormes problemas derivados por la crisis de la pandemia e, igualmente, por la guerra. La pregunta que deberíamos formularnos, en tal contexto, es para qué ha servido el incremento de la deuda. La respuesta es obvia: el endeudamiento se ha insertado en mecanismos contra-cíclicos, que han inferido incrementos de ayudas de todo tipo a colectivos variados, afectados por las consecuencias de la crisis. Igual ha sucedido en otros países de la Eurozona. La cuestión se relaciona de forma directa con la estrategia de los ingresos en las cuentas públicas: también aquí debemos preguntarnos, impuestos ¿para hacer qué? Ambos interrogantes se abrazan: nos endeudamos y mantenemos una fiscalidad determinada porque nuestros propósitos son palmarios, esto es, enfrentarnos a las desigualdades de renta. El debate sobre el recorte de los impuestos, por ejemplo, no debería derivarnos hacia una carrera para ver quién los baja más, sino en situarnos en: quiénes deben pagar más, cómo encarar el fraude fiscal y, con los recursos obtenidos, hacia dónde se canalizan. Aquí, en teoría, la ideología debiera pesar menos, y la efectividad de las medidas ser lo que analizáramos. El factor político y electoralista prima, por desgracia, sobre el técnico y el de la eficiencia en los instrumentos desplegados.

            En el terreno de la deuda pública es importante no descuidar que urge controlarla. El dato de 2022 es positivo; pero en volumen la cifra se ha incrementado, como ya se ha dicho. Esto obliga a pensar en un programa de consolidación fiscal que ha de ser temporalizado: no se puede aplicar de manera abrupta como se hizo en 2012, con recortes del gasto público que tuvieron como corolario esencial justamente el aumento de la deuda pública al incrementarse el déficit. Los ingresos extraordinarios que hemos tenido –Next Generation y otros paquetes de ayudas provenientes de Europa– se irán retirando, lo que obliga a los gestores públicos a ajustar las partidas presupuestarias. La inversión va a generar efectos multiplicadores, junto a la mayor contratación laboral y las mejoras salariales, lo que debe incrementar los ingresos públicos. Pero esto no es óbice para pensar, de forma cautelosa y gradual, en proyectos plurianuales de consolidación fiscal: racionalización de indicadores de deuda, tanto en términos de volumen, como en porcentajes sobre PIB. Las administraciones públicas no pueden confiar en la estabilidad de aquellos ingresos puntuales, y deberán pensar en equilibrios necesarios para dar confianza a los mercados, en un escenario de alza de tipos de interés. La deuda española es solvente: se coloca bien, en plazos beneficiosos, sin problemas. Esta es una prueba más de la consistencia de la economía española. Pero, insistimos, no podemos ser negligentes con la realidad de una deuda que nos debe preocupar y ocupar.

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Deuda pública, beneficios…y salarios

            El Banco de España acaba de publicar la cifra de cierre de 2022 de la deuda pública: 113% sobre el PIB, reducción de cinco puntos en el ejercicio. El dato es bueno; pero, a la vez, preocupa: no podrá eludirse, de forma gradual, un programa de consolidación fiscal. Pero es positivo porque la economía española está demostrando una gran solidez que permite la contracción del déficit público: mayor capacidad para no aumentar el endeudamiento en porcentaje sobre PIB. El crecimiento de la deuda pública sobre PIB, a raíz del estallido de la pandemia, fue un hecho que incrementó las deudas de todos los países al poner en funcionamiento mecanismos contra-cíclicos que inferían la expansión deudora. Fueron diques de contención para evitar un colapso total de las economías, puestas en estado comatoso. La pieza clave del gasto público auspiciado por las principales instituciones económicas del mundo. Ahora bien, a partir del segundo trimestre de 2021, el ratio deuda/PIB se ha ido reduciendo, hasta llegar a ese 113% en cierre del año 2022.

Otros datos corroboran la reducción del déficit público, a partir de las publicaciones del Banco de España y de los registros del INE. Las cifras del déficit público han mejorado: desde el 11% del PIB durante el gran frenazo de la pandemia, hasta el 6,76% en 2021, en un contexto, recuérdese, en el que Bruselas exigía el 8,4%. Una notable mejora. En 2022, la previsión es de un déficit que será inferior al proyectado por el propio Gobierno, que lo cifraba en el 5%. Las causas: el incremento de la recaudación tributaria, explicable por el proceso de la inflación; pero sobre todo por el vigor del empleo y las subidas salariales, que han elevado los ingresos por IRPF, junto a los resultados obtenidos en el Impuesto de Sociedades.

En este panorama, la inflación se erige en una importante amenaza para el desarrollo de la economía. Preocupación de los bancos centrales, inquietud que se traslada a las patronales empresariales por la reivindicación de mejoras salariales, espoleadas por el incremento de los precios. A fines de 2022, el aumento de los salarios pactados se concretó en un 2,78%, frente al incremento del 12% de los beneficios empresariales. En tal sentido, cabe señalar que, según Indeed Wage Tracker, entre 2019 y 2022 España es el país de los más relevantes de Europa en el que los salarios han crecido menos, toda vez que esos aumentos han sido del 4,8% en Francia, 6,3% en Alemania y 4,1% en Italia. En otras palabras, la tensión inflacionista no es imputable a los salarios y se vincula más a la evolución de los excedentes empresariales. Esto ha sido expuesto por diferentes entidades, entre las que destaca el propio Banco de España (https://www.bde.es/f/webbde/SES/Secciones/Publicaciones/InformesBoletinesRevistas/BoletinEconomico/22/T2/Fich/be2202-it-Rec3.pdf). El shock de oferta contribuye a explicar esta situación, en la que la economía no se está “recalentando” por la presión de los convenios colectivos y las reivindicaciones sindicales: los márgenes empresariales tienen, repiten entidades solventes, una cuota de responsabilidad inequívoca.

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Desafío ecológico y encrucijada tecnológica

Por desgracia, siguen existiendo personajes políticos –y también economistas, todo sea dicho– que afirman que el funcionamiento casi automático de los mercados resolverá otro de los problemas de la economía mundial, el ecológico. Éste representa uno de los costes más elevados, que supera las precisiones más crematísticas. Ahora bien, las investigaciones más solventes desde el campo de las ciencias experimentales detallan el peligro de la acción descontrolada del hombre sobre la naturaleza. La tecnosfera que se ha impulsado sobre todo a raíz de las revoluciones industriales, ha incidido de forma negativa sobre los equilibrios naturales de la biosfera. Estamos, pues, ante la idea de externalidades económicas, manejadas por la economía como consecuencias inherentes al crecimiento económico. Tal situación –es decir, la noción de que los impactos que se causan sobre el medio ambiente desde las fases de producción y distribución– han promovido nuevos retos para las ciencias sociales.

Las controversias han sido importantes en ese contexto: detener las externalidades puede suponer paralizar también la creación de puestos de trabajo; no poner medidas expeditivas a tales externalidades va a comportar la degradación del planeta, con resultados imprevisibles pero negativos. Ambos caminos parecen dispersos: contradictorios en si mismos. Pero de forma gradual van apareciendo actividades que podrían calificarse como mixtas: se preocupan de la eficiencia ambiental, al tiempo que no rehúyen la dinamización del mercado laboral. Transición ecológica y ocupación no tienen que ser necesariamente factores antagónicos, tal y como revelan datos muy recientes. El ejemplo de Francia es meridiano en esa dirección: las actividades ecológicas van creando cada vez más empleo: del orden del 3% entre 2004 y 2020, frente al 0,5% del resto de la economía, según datos publicados por Éloi Laurent. ¿Puede existir un “capitalismo verde”, entonces? Sin duda: si existen nichos de negocio y de mercado, esta posibilidad es plausible. ¿Es esto más positivo para el planeta? Sí, desde la óptica ambiental, independientemente de la cuestión laboral o del control de los resortes económicos básicos de estas nuevas actividades. Los costes de transición –por ejemplo, en la energía– serán elevados en el plazo inmediato, a pesar de que sus efectos positivos se dejarán sentir en el medio y largo plazos. Pero, además, estas nuevas necesidades infieren también otras prospectivas en el ámbito de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Aquí, los augurios son dispares: desde el dibujo de una Arcadia feliz, presentado por Jeremy Rifkin acuñando el concepto de tercera revolución industrial –energía limpia, descentralización productiva, control de la información, tiempo de ocio–; hasta el horizonte más realista que expone Klaus Schwab, perfilando una cuarta revolución industrial que tiene en la robótica su máxima expresión –con contradicciones importantes en el mercado laboral– Todo ello: ¿puede ser compatible a su vez con el reto ambiental del planeta? 

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Deuda pública: objetivos y problema

            Según el Banco de España, la deuda pública de la economía española ha cerrado el ejercicio 2022 con un 113% sobre PIB. Una reducción de cinco puntos porcentuales, a pesar de que ello no elude el incremento en volumen del débito. El proceso de endeudamiento ha sido relevante en los últimos años, motivado por las necesidades de atajar los enormes problemas derivados por la crisis de la pandemia e, igualmente, por la guerra. La pregunta que deberíamos formularnos, en tal contexto, es para qué ha servido –está sirviendo, de hecho– el incremento de la deuda. La respuesta es obvia: el endeudamiento se ha insertado en mecanismos contra-cíclicos, que han inferido incrementos de ayudas de todo tipo a colectivos variados, directamente afectados por las consecuencias de la crisis. Igual ha sucedido en otros países de la Eurozona. La cuestión se relaciona de forma directa con la estrategia de los ingresos en las cuentas públicas: también aquí debemos preguntarnos, impuestos ¿para hacer qué? Ambos interrogantes se abrazan: nos endeudamos y mantenemos una fiscalidad determinada porque nuestros propósitos son palmarios, esto es, enfrentarnos a las desigualdades de renta. El debate sobre el recorte de los impuestos, por ejemplo, no debería derivarnos hacia una carrera para ver quién los baja más (o quién los aumenta más, todo sea dicho), sino en situarnos en sendos apartados: quiénes deben pagar más, cómo encarar el fraude fiscal y, con los recursos obtenidos, hacia dónde se canalizan. Aquí, en teoría, la ideología debiera pesar menos, y la efectividad de las medidas debería ser lo que analizáramos. El factor político y electoralista prima, por desgracia, sobre el técnico y el de la eficiencia en los instrumentos desplegados.

            Ahora bien, en el terreno de la deuda pública es importante no descuidar que urge controlarla. El dato de 2022 es positivo; pero no es menos cierto que en volumen la cifra se ha incrementado, como ya se ha dicho. Esto obliga a pensar en un programa de consolidación fiscal que ha de ser temporalizado: no se puede aplicar de manera abrupta como se hizo en 2012, con recortes profundos del gasto público que tuvieron como corolario esencial justamente el aumento de la deuda pública al incrementarse el déficit. Los ingresos extraordinarios que hemos tenido –Next Generation y otros paquetes de ayudas provenientes de Europa– se irán retirando, lo que obliga a los gestores públicos a ajustar las partidas presupuestarias. La palanca de la inversión va a generar efectos multiplicadores –ya lo está haciendo–, junto a la mayor contratación laboral y las mejoras salariales, lo que debe incrementar el nido de los ingresos públicos. Pero esto no es óbice para pensar, de forma cautelosa y gradual, en proyectos plurianuales de consolidación fiscal: de racionalización de los indicadores de deuda, tanto en términos de volumen, como en porcentajes sobre PIB. Las administraciones públicas no pueden confiar en la estabilidad de aquellos ingresos puntuales, y deberán por tanto pensar en los equilibrios necesarios para dar confianza a los mercados, en un escenario de alza de tipos de interés. La deuda española es solvente: se coloca bien, en plazos beneficiosos, sin problemas insalvables. Esta es una prueba más de la consistencia de la economía española. Pero, insistimos, no podemos ser negligentes con la realidad de una deuda que nos debe preocupar y ocupar.

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La coordinación de las políticas económicas

El sector público ha sido y es capital en las crisis recientes. Los estímulos fiscales han resultado claves para evitar un colapso mayor. Esto han razonado las instituciones económicas más influyentes, como el FMI, el BCE, el BM y la OCDE. Es imprescindible, entonces, centrarse en las herramientas que, en el pasado, tal y como demuestran los datos, se revelaron como más efectivas: mayor inversión pública, re-estructuración de las deudas, fiscalidad progresiva y cooperación público-privada. Esto se avala con investigaciones recientes. En un trabajo (2020) firmado por el Premio Nobel de Economía 2019 Ryan Banerjee (véase: https://econpapers.repec.org/paper/bisbisblt/30.htm), se defiende que la fuerte retracción del PIB durante la pandemia hubiera supuesto cierres masivos de empresas si no se hubieran arbitrado estímulos económicos. Lo mismo acontece con los impactos de la guerra de Ucrania. Para este economista, en la zona Euro los porcentajes de destrucción oscilarían del 10% al 30%. Los estímulos evitan quiebras y mucho más dolor, en el caso de que esas medidas no se estuvieran aplicando con celeridad. La conjunción de política fiscal y política monetaria ha sido trascendental para paliar los efectos corrosivos de las dos crisis económicas más recientes, la del coronavirus y la bélica.

Ahora bien, ¿cuándo retirar esos respiradores que mantienen con constantes vitales al paciente? Para responder no se puede invocar, una vez más, como ya se está haciendo, al cacareado “miedo a los mercados”. Un miedo que dejó paso al pavor, cuando las ayudas fueron retiradas antes de tiempo en 1937 y 2010, cediendo a fases de verdadero calvario económico y social, no sólo para los sectores más vulnerables de la sociedad, sino también para sus clases medias. Esto forma parte del acerbo de la Política Fiscal. En dirección similar, ¿cuánto y cuándo subir de nuevo los tipos de interés? Esta es la preocupación esencial de los bancos centrales, orientados a promover políticas de anclaje de la inflación. Un tema que atañe a la Política Monetaria.

En un reciente trabajo de Matthew Klein y Michael Pettis (Trade wars are class wars. How rising inequality distorts the global economy and threatens international peace, Yale University Press, 2020), se defiende que existe capacidad de demanda en los países más desarrollados y en China para absorber el potencial productivo sin tensiones inflacionistas. Los autores indican que los conflictos comerciales de hoy son causados por gobiernos que promueven los intereses de las élites a expensas de los trabajadores. En todo el mundo –aseveran– los ricos han prosperado mientras los trabajadores ya no pueden permitirse comprar lo que producen, han perdido sus trabajos o se han visto obligados a endeudarse más. Esta investigación enlaza plenamente con aportaciones también recientes de otros economistas especializados en la economía de la desigualdad, pero con la observación de ese vértice inédito: el perfil comercial que instaura la globalización está generando desequilibrios, que se mantendrán si no existen políticas económicas mejor articuladas a los dos lados del Atlántico.

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