Trump, la involución ideológica mundial. Hacia el desmantelamiento del Estado del Bienestar

1. Beveridge como referente

            En 1942, William Henry Beveridge, un economista liberal británico, redactó un informe que sentó las bases del Estado del Bienestar, con una focalización en el ámbito sanitario: la tesis de universalización de las prestaciones médicas. Al texto le siguió otro en 1944 sobre la seguridad social y sus aplicaciones (en enfermedad, desempleo y jubilación). Estos dos importantes documentos tenían como objetivo central facilitar un nivel de vida aceptable al conjunto de la población, desde su nacimiento hasta la vejez, y hacer frente –según se indicaba– a la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, la suciedad y el desempleo. La participación pública era importante. Beveridge justificaba este planteamiento, que entroncaba con los argumentos que emanaban de la teoría keynesiana, en el sentido que la base financiera para acometer tales objetivos provendría del presupuesto público. En paralelo, la industria nacional saldría reforzada y beneficiada por previsibles incrementos en la productividad y en la competitividad. Clement Attlee, laborista, puso en práctica sobre todo el primero de los documentos de Beveridge, tras ganar las elecciones a Winston Churchill, al terminar la guerra. Este fundamento ideológico-económico ha constituido –y todavía constituye– el gran motor del bienestar en las sociedades arrasadas tras la Segunda Guerra Mundial (incluyendo, no lo olvidemos, a Estados Unidos con el New Deal desde 1933, con el impulso de políticas públicas en diferentes campos, que persistieron a partir de 1945) y ha supuesto una guía a seguir para aquellos países que persiguen mejoras sociales. El proyecto no eludía un aspecto crucial: desplegar una fiscalidad progresiva, un factor clave para obtener los recursos perentorios para desarrollar el programa económico-social.

            Es decir, el mantenimiento del Estado del Bienestar, ya desde sus orígenes, se relaciona de manera directa con el establecimiento de una fiscalidad centrada en la progresividad. Su aplicación, observable con datos oficiales entre 1945 y 1980, mejoró el crecimiento económico, la productividad, la competitividad –tal y como intuía Beveridge– y significó una fase económica en la que se redujo la desigualdad y se consolidaron mejoras salariales y sociales, junto a la apertura comercial de los países. Este potente concepto de la significación de lo público, del papel del Estado en la economía y en la contribución al bienestar común, al margen de su intervención para corregir los errores del mercado, es lo que trata de dinamitar el neoconservadurismo con fundamentos neofascistas, aunque expertos discutan tales terminologías para referirse, sobre todo, a lo que se desprende de la administración del presidente Trump y sus acólitos.

2. El neofascismo, contra el Estado del Bienestar

            La llegada al poder de Donald Trump está acelerando un cambio involucionista, reaccionario en los terrenos político y cultural, con una traslación directa a la esfera económica: el desmantelamiento de lo público de una manera radical. Todo lo que supone gasto social –esencialmente– es considerado ineficiente y, por tanto, debe recortarse al máximo. La derivada política es inmediata: cerrar departamentos de educación, de sanidad, de servicios sociales, de preocupación por el medio ambiente, de ayudas a naciones pobres y a colectivos sociales vulnerables, la retirada de instituciones internacionales de referencia –como la Organización Mundial de la Salud–, el menosprecio severo hacia el multilateralismo, conforman algunos ingredientes que tienen como resultado final la pérdida de los valores democráticos. Es la entrada en un campo inquietante de autocracia y de vulneración continuada de normas y legislaciones, deliberadamente ignoradas para consolidar un poder omnímodo en manos de un solo hombre y su guardia pretoriana: la antesala de una dictadura. Lo que se persigue con esta agenda “de motosierra”, tal y como se ha popularizado, es achicar el Estado del Bienestar; es el retorno a un capitalismo desatado, más propio de la época del patrón-oro, en donde el ganador va a ser siempre quien más dinero tenga. Es la condena de la clase media y de la clase trabajadora, a parte de la dejación absoluta hacia las capas más desfavorecidas de la población, cuyo estado se explica, para los defensores de ese darwinismo económico y social, por su falta de capacidad y esfuerzo.

            Estamos ante otra revolución neoconservadora que prolonga la iniciada en la década de 1980 por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, pero la presente con mayor profundidad que tiene recordatorios nada desdeñables con la economía de entreguerras y el ascenso del fascismo y del nazismo. Lo han explicado con clarividencia Siegmund Ginzberg (Síndrome 1933, Gatopardo Ediciones, Madrid, 2024); y Federico Finchelstein (Wannabe Fascists: A Guide to Understanding the Greatest Threat to Democracy, University of California Press, 2024). Esta nueva ola –que se va extendiendo igualmente a la Unión Europea– actúa con absoluta desfachatez: expone sus apetencias sin filtro alguno; utiliza un lenguaje estudiado con ideas simples, pero hábilmente construidas; toca fibras íntimas de determinados segmentos de la población; preconiza el retorno a un pasado glorioso; invoca la necesidad de nuevos “espacios vitales”; expone ejemplos estrambóticos pero que calan por su simpleza al no contemplar matiz alguno. Es una revolución neofascista, al tomar claros signos de identidad del fascismo de los años 1920 y 1930 –como exponen Ginzberg y Finchelstein–, con otro elemento común: el dominio político de una oligarquía económica muy vinculada a los regímenes nazi y fascista, protagonista de la expansión del acero, del aluminio, de los motores de explosión, de la nueva energía que emanaba de los combustibles fósiles en la Segunda Revolución Industrial; hasta los tecno magnates oligarcas de la robótica, la automatización, la nanotecnología y la IA, en la coyuntura actual de la Cuarta Revolución Industrial (o Industria 4.0), algunos de ellos simpatizantes sin tapujos del nazismo. Las concomitancias son elevadas, salvando como es natural las coordenadas histórico-económicas y sus importantes particularidades.

3. Perspectivas: el freno de la economía

            Sin embargo, la situación económica y social de los años 1920-1930 no se parece tanto a la actual. Entonces, se salía de una guerra mundial con consecuencias inferidas por el Tratado de Versalles, que fueron letales, sobre todo, para Alemania; el crecimiento económico se había hundido, con caídas del PIB que iban desde el 25% al 33% (Estados Unidos y Alemania, respectivamente); la deflación se enseñoreaba tras episodios dramáticos de hiperinflación por la estrepitosa caída de la demanda agregada; los retrocesos económicos impulsaban la promulgación de gravámenes arancelarios; las tasas de paro superaban el 25%; la apertura comercial se iba reduciendo. El caldo de cultivo era propicio para la aparición de liderazgos dictatoriales y la transgresión hacia el sistema establecido. Weimar da lecciones para no olvidar. Ahora, para centrarse en Estados Unidos en 2025, la herencia macroeconómica recibida por Trump ha sido positiva: un país con crecimiento económico superior al 2%, la inflación controlada, plena ocupación, conexiones comerciales dinámicas con todo el mundo, fortaleza del dólar como moneda refugio, horizonte de recortes en los tipos de interés. Un panorama de mayor estabilidad.

            Pero se ha fortalecido desde Trump una narrativa política, cultural y económica que conduce al desguace social, la génesis de una crisis autoinducida: aranceles que erróneamente persiguen equilibrar los déficits comerciales (cargas que atacan a aliados históricos), la ruptura de la multilateralidad, la paralización de las decisiones de inversión, la inquietud del sistema financiero por la evolución del mercado de la deuda, la debilidad del dólar, la pérdida posible de la autonomía de la Reserva Federal, el despido de miles de funcionarios. En síntesis: la erosión de confianza hacia Estados Unidos, con un claro exponente: la venta de bonos de deuda del tesoro estadounidense, que encarece el escenario de refinanciación del montante del débito al exigir los inversores mayores primas de riesgo.

            Pero todo este proceso se alimenta con un relato ficticio de recuperación de una industrialización que se ha perdido –se defiende– por la actuación del resto del mundo. Victimismo económico con trascendencia corrosiva hacia todo lo público e, igualmente, hacia lo que se considera “intelectualidad”: se indica que en el sector público anidan parásitos que consumen recursos que se detraen para otros objetivos; mientras profesores, investigadores, pensadores, forman parte de una élite universitaria que ha tolerado en exceso muchos de los elementos que definen un progresismo social y cultural. Aquí sí se coincide con lo analizado en la década de 1930, según Ginzsberg y Finchelstein. Se ha convencido a muchísima población de los “cinturones del óxido” de que se lanzarán nuevos planes industriales al calor de las consecuencias de los aranceles. Y América será grande de nuevo, según reza la consigna MAGA.

            Pero los indicadores concretos no muestran esa vía: inicio ya claro de recesión en la economía norteamericana (–0,3% en el primer trimestre de 2025), algunos problemas de abastecimientos, parálisis en los puertos que reciben muchas menos mercancías, elevación de los precios al consumidor en un 2,3% (equivale a una pérdida-promedio de 3.800 dólares por hogar; los datos provienen de The Guardian), expectativas de inflación entorno al 3,3% (el nivel más alto desde junio de 2008), incremento de impuestos de unos 1.240 dólares por hogar con reducción de ingresos del orden del 1,2% (datos de Tax Foundation), caída de las bolsas de valores, pérdidas importantes de grandes empresarios. La administración Trump trata de contrarrestar este alud de datos negativos con una soflama: se trata de costes de transición, ya que para llegar al escenario ideal (el MAGA) se debe pasar por etapas duras pero que, finalmente, abrirán ese contexto positivo preconizado por los republicanos estadounidenses. Pero la evolución económica puede pasar una cáustica factura a Trump, porque mantener este discurso con datos tendencialmente negativos es difícil en el medio plazo.

4. Conclusión

            La involución ideológica es un hecho; involución en un sentido concreto: la negación de cualquier avance económico, social, ambiental, cultural, en el marco de la multilateralidad; y la irrupción de un relato presidido por un ultranacionalismo supremacista. Una tendencia hacia una revolución en el pensamiento que cercena la capacidad y posibilidad de disentir, el odio hacia el extranjero, la búsqueda de la ruina de los vecinos, la sumisión total hacia un liderazgo de un país que se sabe herido (el declive de Estados Unidos es apreciable desde los inicios del siglo XXI, en paralelo al ascenso imparable de China) pero que se trata de afianzar a toda costa. Se busca la incertidumbre, la crispación, la calumnia, la mentira institucionalizada, el dislate, al tiempo que se minimizan consecuencias tangibles, con magnitudes concretas como se ha apuntado. En esas coordenadas de inseguridad y de mensajes incendiarios y abundantes –que bloquean la inmediatez de reacciones–, siempre se han movido con comodidad los regímenes autoritarios. Estos son signos actuales de involución, parecidos innegables con lo vivido en otras fases de la historia económica, en particular durante las décadas de 1920 y 1930.

            Pero el objetivo actual de este agresivo programa de actuación parece cada vez más evidente: la descalificación de todo lo público y su desmantelamiento, con la idea de su falta de eficacia y eficiencia. La política arancelaria es un instrumento más. Y, por consiguiente, la reducción de los impuestos, con el propósito de evitar cargas tributarias que serán innecesarias ante la contracción del sector público. Este debate, que siempre ha estado presente en la teoría económica y en la política económica, con diferentes escalas, emerge de nuevo con fuerza inusitada por parte de la administración Trump. Sus esquirlas llegan a Europa por medio de formaciones de derecha y ultraderecha que enarbolan un discurso muy similar. Romper las democracias hacia gobiernos autocráticos representa una distopía diseñada por think tanks poderosos de las derechas más conservadoras, en una vertiente netamente ideologizada, creyente de que las pérdidas actuales –que están provocando las medidas de Trump– se transmutarán en beneficios futuros. Serán privados, indiscutiblemente. Lo público se pretende rendido y exhausto en las cunetas. Volvemos al patrón-oro, pero sin el oro. Beveridge, liberal, economista inquieto por alcanzar mayor bienestar social, se revuelve en su tumba: su legado puede estar en peligro. Las últimas elecciones en Gran Bretaña demuestran la extensión de esa amenaza: la ultraderecha avanza en detrimento de los partidos convencionales, con retrocesos del laborismo. Reforzar, desarrollar, activar, impulsar todo lo que Beveridge propuso constituye un buen antídoto ante el neoconservadurismo desbocado.

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Entrevista en el programa La Noche en 24 horas, con Xabier Fortes, en la 2 de RTVE. Desde el siguiente tiempo: 1:04. Sobre economía, aranceles, y mi libro Economía en crisis. Aprendiendo de la historia económica

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El incendio de Trump

            Preocupado por el impacto de los aranceles de Trump, el Banco Central Europeo, con Christine Lagarde al frente, decidió bajar un 0,25 los tipos de interés, en un contexto de control de la inflación. De hecho, este dato –un 2,2%– se abre hacia la senda del 2%, meta del regulador bancario. El tsunami comercial que ha generado la administración norteamericana es un fenómeno insólito y de una elevada gravedad. Es un retorno a fines del siglo XIX; prosigue durante la economía de entreguerras. En 1897, Estados Unidos aplicaba aranceles por un 57%; y a las puertas de la Primera Guerra Mundial, todos los países esgrimieron gravámenes que iban del 9% al 41%, según el economista Sidney Pollard. Las cifras se elevan con estimaciones de otros dos economistas, Kenwood-Lougheed, que exponen datos que oscilan entre el 35% y el 65%. Una profundización en el proteccionismo en un escenario que no se debe olvidar: la crisis económica arrastrada desde 1873, la primera del sistema capitalista. Una fuerte recesión que generó deflación, destrucción empresarial y concentración del capital financiero e industrial. Y que puso bases económicas para futuros conflictos bélicos.

            La Gran Depresión de la década de 1930 espoleó otra onda arancelaria. El proteccionismo se intensificó con políticas de “empobrecer al vecino”: devaluación competitiva, protección y “guerra comercial”; incrementos de tarifas arancelarias, restricciones cuantitativas a las importaciones, control de cambios, acuerdos bilaterales. En esa coyuntura, el proteccionismo comercial comenzó en Estados Unidos con la aprobación del arancel Hawley-Smoot. La medida provocó represalias de otros países, que también elevaron sus aranceles y levantaron barreras cuantitativas al comercio internacional. Se agudizó la crisis: más del 30% de paro y una deflación galopante por falta de demanda agregada. Todo es familiar, si lo comparamos con ahora.

            Porque, en efecto, Trump reproduce esos movimientos, y ahora exige además que la Reserva Federal baje los tipos de interés, no sin antes insultar y menospreciar al presidente del banco central, Jerome Powell (nombrado por el propio Trump en su primer mandato). Y remitiendo como modelo a la actuación del Banco Central Europeo: reducción de tipos. Pero la situación no es exactamente la misma entre Estados Unidos y la Unión Europea. Las tensiones inflacionistas están aflorando en el primero; y esto es lo que inquieta a Powell. La desinflación se va confirmando en el segundo; de ahí la apuesta de Lagarde. La preocupación del banquero estadounidense es justificada, habida cuenta que puede desembocar en la estanflación: recesión e incremento de los precios. Una ecuación corrosiva. Influyentes economistas de perfil netamente liberal, como Olivier Blanchard y Larry Summers, están advirtiendo de los peligros del “fuego” (textual, en un documento de Blanchard) que está avivando Trump con los aranceles. Con su incendiaria irresponsabilidad. Expectante: China, devaluando su moneda –minando los aranceles–, vetando exportaciones estratégicas (tierras raras) a Estados Unidos, y abriéndose a la colaboración con todos los países. El mundo al revés.

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La resistente economía española

            Un cierre de ejercicio 2024 con un crecimiento del 3,2%. La mitad de ese crecimiento, debido al consumo privado. Y éste explicable por el dinamismo del mercado laboral, con la creación de casi 500 mil puestos de trabajo, una disminución de la tasa de paro a poco más del 10%, y un crecimiento demográfico relevante. Expansión de las exportaciones de servicios, con una aportación al PIB de 0,4 puntos por parte del sector exterior. Y sin desequilibrios financieros: mantenimiento de la deuda privada, la que nuclea hogares y empresarios (125% sobre PIB; la media de la zona euro se sitúa en 153%); y de la deuda pública, que alcanza casi el 102% sobre PIB.

            Estos son los fundamentos para el desarrollo económico de 2025, en un entorno caracterizado por una elevada incertidumbre: Trump y sus aranceles. El tsunami. Sin embargo, importantes instituciones económicas –Banco de España, FMI, CaixaBank, Funcas, entre otras– subrayan una posible prospectiva: España seguirá en esa senda robusta de crecimiento. El primer trimestre de 2025 se ha inaugurado con un aumento en la afiliación a la Seguridad Social, a una tasa media del 0,2%. Las horas trabajadas han aumentado (3,5% en términos interanuales), con incrementos de la productividad por ocupado y de la productividad por hora efectiva, con datos del INE y del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Las entidades económicas se han apresado en variar al alza las previsiones de crecimiento para España en 2025 (The Economist, Financial Times).

            Los cálculos que hacen los economistas deben estar presididos por la cautela en un contexto tan problemático como el actual. No obstante, las bases sólidas que antes hemos delineado facilitan llegar a conclusiones concretas. La previsión del crecimiento económico para España se puede situar entorno al 2,5% –el dato casi cuadriplica el establecido para la media de la UE– toda vez que los impactos de los aranceles sobre nuestra estructura económica pueden suponer un ajuste aproximado de apenas 0,1 puntos porcentuales, por la menor exposición de la economía española a la estadounidense. En paralelo, las inversiones en bienes de equipo en el cuarto trimestre de 2024 crecieron un 7,6%, según datos del Banco de España y del INE. A su vez, se ha detectado un aumento en el ahorro de los hogares (más de un 14%). Este proceso dinámico se incardina, además, en una evolución controlada de los precios. De hecho, las instituciones consultadas prevén una moderación en la inflación: entorno al 2,5% en el curso del presente año, hasta llegar al umbral del 2% en 2026.

            Estas variables, que provienen de fuentes públicas y privadas de toda credibilidad y rigor, colocan la economía española en una posición más sólida en contraste con otras economías de la zona euro. Los avatares internacionales son los que pueden trastocar o matizar los indicadores expuestos. Hay problemas: vivienda, pobreza infantil, desigualdad, aspectos que no pueden enterrarse ante positivas variables macroeconómicas. Y que urgen de políticas específicas para atajarlos.

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Economía mundial y española: apuntes en tiempos de plomo

            Los acontecimientos graves por los que atraviesa la economía mundial, que afectan también a la española, aconsejan unas consideraciones que, por su naturaleza muy oscilante, trataremos de plantear desde sus factores más estructurales, sin descuidar los datos disponibles de carácter más coyuntural. El ejercicio no es fácil, por la gran volatilidad de la economía en este contexto. Dos son los bloques. El primero, el contexto que se ha abierto tras las medidas arancelarias de la administración norteamericana. El segundo, la posición de la economía española, con datos recientes de 2024 y 2025, ante esta compleja situación.

1. El tsunami de Trump

            Caídas de las bolsas mundiales, con la de Estados Unidos a la cabeza, situándose en índices de la pandemia. Las pérdidas en Wall Street se enfilan a más de 6 billones de dólares. En su conjunto, –10%, con derrumbes llamativos en los índices Nasdaq (–5,8%), Dow Jones (–5,5%), S&P 500 (–5,98%). Desplome de acciones de empresas emblemáticas (General Electric, –6%; Ford, –5,9%; General Motors, –4,2%; Apple, –9,2%; Microsoft, –2,3%) junto a instituciones bancarias (Bank of America, –11%; Goldman Sachs, –9,2%). Las grandes empresas tecnológicas (las denominadas Siete Magníficas: Apple, Amazon, Alphabet, Microsoft, Nvidia, Meta, Tesla) restan más de 980 mil millones de dólares de valor de mercado. Una auténtica sangría. En paralelo, desmoronamiento de las bolsas europeas y asiáticas, que arrojan descalabros del –5% en general. Los datos se corresponden al día siguiente del anuncio de Trump. Éste sigue empecinado en condenar a la economía mundial a una recesión sin sentido, con pérdidas para todo el mundo. Y atacando sin tregua a sus otrora aliados. Un reguero de incendios desencadenados hacia el caos.

            Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, ya ha advertido que los aranceles van a tener consecuencias mayores a las esperadas, y que es muy probable una crisis económica en Estados Unidos en los próximos meses, con sus corolarios en la economía planetaria. Una crisis en la que las tensiones inflacionistas pueden aparecer, de manera que el aterrizaje de los precios –que Powell ya daba por hecho– y el mantenimiento del crecimiento económico, se encuentran ahora mismo en entredicho. Se abren fuertes especulaciones sobre posibles bajadas de tipos de interés en un escenario de contracción; pero Powell no descarta mantener los tipos en su estado actual, ante el riesgo claro de inflación. Estaríamos, entonces, en un cuadro de estancamiento y aumento de precios, una estanflación que ya se conoció en la década de 1970. Hipótesis arriesgada, pero no descabellada. Arriesgada y descabellada, porque la inestabilidad es de gran intensidad, y las opciones de Trump y de su administración se van balanceando sin un aparente criterio racional: subidas de aranceles, luego parálisis en su aplicación, después nuevas amenazas efectivas de incrementos, su anulación temporal –con la única excepción de las tarifas a China–, etc. Todo falto de seguridad jurídica, de mínima previsión.

            Trump advierte que los aranceles resituarán a Estados Unidos en una potente senda de crecimiento. Esto no ha sucedido nunca en la historia económica de los últimos 120 años con tal política económica. Los aranceles se desplegaron tras la primera gran crisis del capitalismo, en 1873; y se retomaron con fuerza en la economía de entreguerras. En etapas económicas con unas características que poco tienen que ver con la actual. Todo con resultados negativos derivados de los cierres de las economías y en coyunturas en las que los grados de apertura de las mismas, siendo importantes, no eran tan elevados como los actuales. El inspirador del desaguisado actual, Stephen Miran, ha permeado a Trump una hoja de ruta de elevadísimo riesgo, que denota, además, un conocimiento limitado de la economía internacional, una ignorancia profunda de la historia económica y, sobre todo, el arrinconamiento de los elementos determinantes de la estructura productiva de Estados Unidos. Unos factores conviene subrayar:

  • Los aranceles se han impuesto a partir de datos erróneos, desde una fórmula con variables y resultados muy discutibles. Las cifras de partida ya han sido criticadas por economistas eminentes –Larry Summers, Georg Mankiw, Paul Krugman, entre otros– que no son representativos de corrientes heterodoxas.
  • Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una política que algunos han definido como “sustitución de importaciones”. En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales –con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980, una práctica avalada por la CEPAL en términos teóricos y por el economista Raul Prebisch–.
  • Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios, tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran parcas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han deslocalizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.
  • Las acciones de la administración Trump y de Elon Musk no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no va a conducir a la reindustrialización que se defiende. En definitiva: los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan más directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como amigos o aliados.
  • Las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a ser, presumiblemente, seguir fabricando donde están.
  • Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio. Que, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones): esta es una tangible herramienta de negociación para los europeos. No hay ni estafa ni abuso por parte del mundo hacia Estados Unidos. Lo que ofrece la administración Trump es dinamitar Bretton Woods y todo lo que representa: un multilateralismo en el que Estados Unidos se erigía como potencia central.
  • La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas, desde sobre todo los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión, y que ponía coto a los desórdenes inversores y especulativos de una parte sustancial del sistema financiero. Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.
  • Una ecuación más realista se puede delinear: los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a inferir procesos plausibles de inflación, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por varios motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad. Desmontar la economía pública parece ser un objetivo, para favorecer la entrada agresiva de la economía privada de la mano de los grandes consorcios que han empujado la victoria de Trump.

Los movimientos económicos se dinamizan de manera notable. El más significativo, el más directo, el más doloroso para Estados Unidos, el de China. Los dirigentes asiáticos han permanecido silentes mucho tiempo, a la expectativa. Pero han anunciado responder con aranceles a las importaciones norteamericanas y, esencialmente, la aplicación de severos controles a las exportaciones de tierras raras (gadolinio, disprosio, escandio, lutecio, etc.; China tiene en sus manos el 80% del comercio total de estas producciones) supone un golpe para la industria militar de Estados Unidos (en su producción de misiles, por ejemplo) y, a la par, a las industrias médica y electrónica. Dos vectores, el tecnológico y el militar, en los que la competencia entre Estados Unidos y China es acendrada. Difícil saber si todo esto puede reconsiderar la posición de Trump. Probablemente no. El daño ya está hecho, y su desbordamiento se está haciendo efectivo.

En efecto, los índices disponibles sobre confianza económica (Economic Policy Uncertainty Index, publicado por Blomberg), que engloban el comercio, colocan el indicador en una cota similar a la vivida durante la pandemia. Estados Unidos se lleva la palma en esta evolución, en la que la desconfianza, el miedo, la incertidumbre, presiden el comportamiento de inversores y ciudadanos. Estamos, como ya se ha dicho, ante una enorme volatilidad en los mercados financieros, con fuertes caídas de las bolsas desde el mal llamado “liberation day”. En tal contexto, las empresas tecnológicas son las que más están sufriendo, con caídas del 19% y 17% en Europa y en Estados Unidos, respectivamente. En este último país, todos los sectores –no así en Europa– están conociendo caídas significativas: empresas sanitarias, energéticas, financieras, industriales, inmobiliarias, etc., según datos de Bloomberg para el día 3 de abril. 

El pesimismo es lo que domina, y la euforia que se vislumbró ante el triunfo de Trump se ha alejado por completo, con conatos de disconformidad ante la política económica del mandatario, por parte de empresarios y representantes del Partido Republicano. Esta situación negativa se ha trasladado, a su vez, a los precios energéticos, que de alguna forma avanzan una posible recesión: caídas en los precios del petróleo y del gas. El agravamiento se acrecienta con la actitud del presidente estadounidense incrementando los aranceles a China, con la consiguiente respuesta de Pekín al elevar al 84% los aranceles ante la subida previa a más del 100% de las tarifas por parte de Estados Unidos: asistimos a una parálisis de una parte central del comercio internacional, un freno que puede extenderse a todo el mundo. Desglobalización, con una posibilidad tangible de entrar en recesión auto-inducida –insistimos en ello– por la administración Trump. China, en paralelo, pone a la venta bonos de deuda de Estados Unidos –China detenta una parte nada desdeñable de deuda pública norteamericana–, con el objetivo de devaluar su moneda y contrarrestar así una parte de las consecuencias de los aranceles. He aquí una munición de gran calado, que tiene un peligro latente: generar una crisis financiera relevante.

2. La resistente economía española frente a la tormenta

            En estas coordenadas, la economía española ostenta indicadores positivos. Un cierre de ejercicio 2024 con un crecimiento del 3,2%. La mitad de ese crecimiento, debido al consumo privado. Y éste explicable por el dinamismo del mercado laboral, con la creación de casi 500 mil puestos de trabajo, una disminución de la tasa de paro a poco más del 10%, y un crecimiento demográfico relevante. Expansión de las exportaciones de servicios, con una aportación al PIB de 0,4 puntos por parte del sector exterior. Y sin desequilibrios financieros: mantenimiento de la deuda privada, la que nuclea hogares y empresarios (125% sobre PIB; la media de la zona euro se sitúa en 153%); y de la deuda pública, que alcanza casi el 102% sobre PIB.

            Estos son los fundamentos para el desarrollo económico de 2025, en un entorno caracterizado por la elevada incertidumbre que ya hemos detallado: Trump y sus aranceles. El tsunami. Sin embargo, importantes instituciones económicas –Banco de España, FMI, CaixaBank, Funcas, entre otras– subrayan una posible prospectiva: España seguirá en esa senda robusta de crecimiento. El primer trimestre de 2025 se ha inaugurado con un aumento en la afiliación a la Seguridad Social, a una tasa media del 0,2%. Las horas trabajadas han aumentado (3,5% en términos interanuales), con incrementos de la productividad por ocupado y de la productividad por hora efectiva, con datos del INE y del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Las entidades económicas se han apresado en variar al alza las previsiones de crecimiento para España en 2025 (The Economist, Financial Times).

            Los cálculos que hacen los economistas deben estar presididos por la cautela en un contexto tan problemático como el actual. No obstante, las bases sólidas que antes hemos dibujado facilitan llegar a conclusiones concretas. La previsión del crecimiento económico para España se puede situar entorno al 2,5% –el dato casi cuadriplica el establecido para la media de la UE– toda vez que los impactos de los aranceles sobre nuestra estructura económica pueden suponer un ajuste aproximado de apenas 0,1 puntos porcentuales, por la menor exposición de la economía española a la estadounidense. En paralelo, las inversiones en bienes de equipo en el cuarto trimestre de 2024 crecieron un 7,6%, según datos del Banco de España y del INE. A su vez, se ha detectado un aumento en el ahorro de los hogares (más de un 14%). Este proceso dinámico se incardina, además, en una evolución controlada de los precios. De hecho, las instituciones consultadas prevén una moderación en la inflación: entorno al 2,5% en el curso del presente año, hasta llegar al umbral del 2% en 2026.

            Estas variables, que provienen de fuentes públicas y privadas de toda credibilidad y rigor, colocan la economía española en una posición más sólida en contraste con otras economías de la zona euro. Los avatares internacionales son los que pueden trastocar o matizar los indicadores expuestos. Hay problemas: vivienda, pobreza infantil, desigualdad, aspectos que no pueden enterrarse ante positivas cifras macroeconómicas. Y urgen a fomentar políticas específicas para atajarlos.

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Nerón en la Casa Blanca

            Caídas de las bolsas mundiales, con la de Estados Unidos a la cabeza, situándose en índices de la pandemia. Las pérdidas en Wall Street se enfilan a más de 6 billones de dólares. En su conjunto, –10%, con derrumbes llamativos en los índices Nasdaq (–5,8%), Dow Jones (–5,5%), S&P 500 (–5,98%). Desplome de acciones de empresas emblemáticas (General Electric, –6%; Ford, –5,9%; General Motors, –4,2%; Apple, –9,2%; Microsoft, –2,3%) junto a instituciones bancarias (Bank of America, –11%; Goldman Sachs, –9,2%). Las grandes empresas tecnológicas (las denominadas Siete Magníficas: Apple, Amazon, Alphabet, Microsoft, Nvidia, Meta, Tesla) restan más de 980 mil millones de dólares de valor de mercado. Una auténtica sangría. En paralelo, desmoronamiento de las bolsas europeas y asiáticas, que arrojan descalabros del –5% en general. Mientras hace sonar la lira en el balcón de su residencia, señalando casi de forma edulcorada que todo esto es normal –como una operación quirúrgica a un paciente–, Trump sigue empecinado en condenar a la economía mundial a una recesión sin sentido, con pérdidas para todo el mundo. Y atacando sin tregua a sus otrora aliados. Un reguero de incendios desencadenados hacia el caos.

            Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, ya ha advertido que los aranceles van a tener consecuencias mayores a las esperadas, y que es muy probable una crisis económica en Estados Unidos en los próximos meses, con sus corolarios en la economía planetaria. Una crisis en la que las tensiones inflacionistas pueden aparecer, de manera que el aterrizaje de los precios –que Powell ya daba por hecho– y el mantenimiento del crecimiento económico, se encuentran ahora mismo en entredicho. Se abren fuertes especulaciones sobre posibles bajadas de tipos de interés en un escenario de contracción; pero Powell no descarta mantener los tipos en su estado actual, ante el riesgo claro de inflación. Estaríamos, entonces, en un cuadro de estancamiento y aumento de precios, una estanflación que ya se conoció en la década de 1970. Hipótesis arriesgada, pero no descabellada.

            Mientras las llamas se propagan, el pretendido emperador, con ceño fruncido, advierte que los aranceles resituarán a Estados Unidos en una potente senda de crecimiento. Esto no ha sucedido nunca en la historia económica de los últimos 120 años con tal política económica. Los aranceles se desplegaron tras la primera gran crisis del capitalismo, en 1873; y se retomaron con fuerza en la economía de entreguerras. En etapas económicas con unas características que poco tienen que ver con la actual. Todo con resultados negativos derivados de los cierres de las economías y en coyunturas en las que los grados de apertura de las economías, siendo importantes, no eran tan elevados como los actuales. El inspirador del desaguisado actual, Stephen Miran, ha permeado a Trump una hoja de ruta de elevadísimo riesgo, que denota, además, un conocimiento limitado de la economía internacional, una ignorancia profunda de la historia económica y, sobre todo, el arrinconamiento de los elementos determinantes de la estructura productiva de Estados Unidos. Unos factores conviene subrayar:

  • Los aranceles se han impuesto a partir de datos erróneos, desde una fórmula con variables y resultados que exigirían el suspenso de un estudiante de primero de Economía. Las cifras de partida ya son un nuevo mantra mentiroso de Trump, uno más, y ha sido criticado por economistas eminentes –Larry Summers, Georg Mankiw, Paul Krugman, entre otros– que no son representativos de corrientes heterodoxas.
  • Reindustrializar un país no se puede ajustar, tan solo, a una política comercial de “arruinar al vecino”, impulsando una política que algunos han definido como “sustitución de importaciones”. En efecto, esta fue una línea de actuación de muchos países en otras coyunturas muy especiales –con graves crisis desencadenadas o en contextos bélicos: recordemos, por ejemplo, casos de economías latinoamericanas entre los años 1930 y 1980, una práctica avalada por la CEPAL en términos teóricos y por el economista Raul Prebisch–.
  • Sustituir importaciones implica varios componentes, desde altos aranceles hasta subsidios a empresas nacionales, fuerte inversión estatal en sectores estratégicos, controles en los precios y tipos de cambio preferenciales y la formación de empresas estatales si las inversiones privadas eran parcas. En Estados Unidos, muchas industrias clave se han deslocalizado tanto en México como en países asiáticos, en sectores como el automovilístico y el tecnológico. La búsqueda de costes laborales unitarios más bajos fue el acicate para los empresarios que estimularon tal planteamiento.
  • Las acciones de la administración Trump y de su escudero Elon Musk no van en la línea de dotar a la economía pública de la fortaleza necesaria cuando se busca sustituir importaciones por producción nacional. Al contrario: el desmantelamiento de organismos públicos y la retracción de la inversión federal constituyen el frontispicio que abre una política económica e industrial interior que no parece vaya a conducir a la reindustrialización que, persiste la lira del pseudo-emperador, canta y propaga. En definitiva: los aranceles no son, en absoluto, la palanca reindustrializadora que Trump dice, y su conformación obedece más a objetivos que se relacionan más directamente con presiones predatorias hacia todo el mundo, incluyendo países que eran considerados como amigos o aliados.
  • Las empresas estadounidenses que operan en el exterior es poco probable que accedan a cambiar esos costes laborales unitarios bajos que ahora tienen, con los aranceles que se van a desarrollar. El coste-beneficio va a ser, presumiblemente, seguir fabricando donde están.
  • Esta desindustrialización de la economía de Estados Unidos no es responsabilidad de los déficits comerciales del país; éstos han facilitado, no debe olvidarse, fuertes entradas de capital y la posibilidad de consolidar la fortaleza económica norteamericana, gracias a la importancia del dólar como moneda refugio. Que, además, cuenta con saldos positivos en su balanza de exportaciones de servicios tecnológicos y digitales hacia, por ejemplo, la Unión Europea (un superávit de 109 mil millones de euros para Estados Unidos en estos renglones): esta es una tangible herramienta de negociación para los europeos, tocar esos registros. Como señalaba en un reciente e ilustrativo artículo Daniel Fuentes, es más el capital que el comercio lo que puede atender con solvencia la Comisión Europea, abriéndose a su vez a reforzar lazos económicos con el área asiática. No hay ni estafa ni abuso por parte del mundo hacia Estados Unidos, contradiciendo el discurso populista y victimista de Trump.
  • La financiarización de la economía explica muchos de los problemas de economía productiva que tiene Estados Unidos: la tasa de beneficios en empresas industriales es más baja que en empresas financieras y especulativas, desde sobre todo los años 1980 tras los procesos letales de des-regulación del sistema financiero y la derogación de la ley Glass-Stegall, una normativa decretada por Franklin Delano Roosevelt para paliar las consecuencias de la Gran Depresión. Es aquí donde cabe observar con mayor rigor el proceso gradual de desindustrialización: mayores rentabilidades en las finanzas en Wall Street que en apuntalar positivamente la economía industrial del país.
  • Una ecuación más realista se puede delinear: los aranceles van a encarecer las importaciones en Estados Unidos –a parte de lesionar las economías de otros continentes–, lo que va a inferir procesos plausibles de inflación, elevación de los costes del nivel de vida, incertidumbres empresariales, incrementos en la tasa de desempleo y una caída relevante de la demanda agregada por dos motivos centrales: el retroceso de la inversión pública, el despido de decenas de miles de trabajadores públicos, el desmantelamiento de oficinas y organismos importantes, relacionados con el mundo sanitario y con el educativo, junto al temor de la población inmigrante y su previsible retracción de consumo ante la inseguridad. Desmontar la economía pública parece ser un objetivo, para favorecer la entrada agresiva de la economía privada de la mano de los grandes consorcios que han empujado la victoria de Trump.

      Mientras la lira sigue sonando y el incendio se acrecienta, se van produciendo movimientos. El más significativo, el más directo, el más doloroso para Estados Unidos, el de China. Los dirigentes asiáticos han permanecido silentes mucho tiempo, a la expectativa, como quien dice “viéndolas venir”. Hasta hace pocas horas: el anuncio de responder con aranceles a las importaciones norteamericanas y, esencialmente, la aplicación de severos controles a las exportaciones de tierras raras (gadolinio, disprosio, escandio, lutecio, etc.; China tiene en sus manos el 80% del comercio total de estas producciones) supone un golpe para la industria militar de Estados Unidos (en su producción de misiles, por ejemplo) y, a la par, a las industrias médica y electrónica. Dos vectores, el tecnológico y el militar, en los que la competencia entre Estados Unidos y China es acendrada. Difícil saber si todo esto puede reconsiderar la posición de Trump. Probablemente no. El daño ya está hecho, y su desbordamiento se está haciendo efectivo. La ira de Trump en sus mensajes en su propia red rubrica que Pekín ha tocado la tecla precisa.

      Esta nueva era en la que nos ha metido Trump ha reforzado la incertidumbre que presidía el gran escenario de la economía mundial. Nadie puede aventurar con rigor hacia dónde puede derivar este despropósito, en el que se mezclan medidas de política comercial en contextos de guerras calientes en diferentes puntos del planeta, avances de la intransigencia política y del neo-fascismo que persiguen dinamitar los resortes democráticos, y con la amenaza permanente de las consecuencias del cambio climático. Nos adentramos en tiempos de plomo, mientras el incendio devora expectativas y esperanzas. Tiempos en los que no se puede retroceder. Porque muchos queremos silenciar la lira que trata de adormecer las conciencias.

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Estados Unidos: profunda inestabilidad

            El proceso de “inundación” informativa, tóxica e incongruente, al que nos referíamos en un artículo anterior, continúa desde la administración de Estados Unidos. El mundo se está dividiendo cada vez más en bloques geopolíticos que, sobre todo desde las iniciativas de Trump, se intenta que se segmenten, anulando así las aperturas comerciales. Un ultranacionalismo económico que ignora la historia económica más reciente y sus consecuencias al adoptar esa hoja de ruta. Trump y su equipo actúan desde una óptica mercantilista, en el sentido de observar las balanzas comerciales de Estados Unidos con el resto del mundo y tratar de reequilibrarlas o de obtener superávits. Con intromisiones inaceptables en todos los países. Sin negociar: solo con imponer. No sabemos quién o quiénes asesoran al presidente norteamericano en el terreno de la economía; pero sean quienes sean denotan una ignorancia supina o, lo que es también letal, una perversión intencionada con tales propuestas. Parecen olvidar un tema básico, real, objetivo: que muchas empresas de Estados Unidos han deslocalizado todo o parte de sus procesos productivos, buscando salarios más bajos o costes jurídicos y ambientales menores. Y eso ha supuesto, entre otros factores relevantes, un gradual proceso de desindustrialización en Estados Unidos, y su orientación a una economía de servicios cada vez más intensa: casi el 80% del PIB del país son servicios de todo tipo, si bien en estos casos se impone discriminar de qué tipo de servicios estamos hablando. Los servicios suelen ser un inmenso cajón de sastre, cuyo análisis desagregado debe priorizarse desde la ciencia económica.

            En tal contexto, curiosamente Estados Unidos quiere desbancarse como líder mundial. Las divisiones en bloques geopolíticos (Estados Unidos, Unión Europea, China y Asia, Canadá, Latinoamérica, África subsahariana) se están incentivando con las propuestas económicas de la nueva administración. En otros momentos transcendentales, la economía occidental y la de Estados Unidos se encumbraron o superaron crisis por la actuación de Estados Unidos como líder efectivo: colaborador para, a su vez, favorecer su propio crecimiento económico. Se vio en 1924 con el Plan Dawes que abrió créditos e inversiones tras las consecuencias de la Primera Guerra Mundial; en 1933 con el New Deal del presidente Roosevelt para atajar los impactos del crac de Wall Street y la crisis de los años treinta; o en los programas derivados de Bretton Woods desde 1945 tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la creación de nuevas instituciones económicas. Tres momentos en los que el liderazgo de Estados Unidos actuó como acicate. Empujes que consolidaron el papel de esa potencia, que mejoró además sus propias condiciones internas. No se actuó como rémora, que es lo que está pasando hoy con el presidente Trump y sus acólitos. Podremos evaluar los resultados de esa política económica, social y cultural en poco tiempo. No será positivo el desenlace. Tampoco para Estados Unidos. Tal despropósito habrá infringido inestabilidad, incertidumbre y dolor a millones de personas. Incluyendo a quienes votaron a Trump.

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Aranceles: instigando la recesión

Los aranceles desplegados ya –o que se están mascullando para ser aplicados– por la administración Trump contienen un germen insólito en un escenario de equilibrio relativo: inducen a una recesión. Este va a ser el resultado para la economía internacional. La historia económica enseña que la política proteccionista se desplegó, según casos bien conocidos, en épocas de inicios de procesos de industrialización o como respuestas de política económica a crisis existentes. Pero no induciendo contracciones en la economía y alimentando la incertidumbre en coyunturas que, con todos los matices, podemos calificar como más estables: esta es una de ellas. Algunos de los impactos pueden ser los siguientes.

En primer lugar, el retroceso comercial entre Estados Unidos y Europa. La Comisión Europea ha elaborado una lista de productos estadounidenses que podrían gravarsecomo represalia si Trump cumple sus amenazas. Los países que más dependen del comercio con Estados Unidos son aquellos más orientados en la producción y distribución de productos médicos y farmacéuticos o los consagrados al sector del automóvil: estas son las exportaciones más importantes de la Unión Europea a Estados Unidos. La dependencia de Alemania y Francia de las exportaciones hacia Estados Unidos se sitúan entorno al 10% de su PIB; mientras que esa variable es del 5% para España. Los colectivos industriales y agroalimentarios pueden verse afectados, por tanto, con esas proposiciones proteccionistas.

En segundo término, para la economía española los sectores que pueden resultar más afectados por los aranceles se ubican en el sector del automóvil, el cárnico, el vitivinícola o el aceitero. Esto incumbiría a comunidades autónomas como Andalucía, Aragón, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Murcia, Cataluña, País Vasco y Navarra, de forma más preminente. Ahora bien, las exportaciones españolas a Estados Unidos pueden abrirse a nuevas vías de re-direccionamiento hacia mercados con los que se tienen ya relaciones relevantes: en Asia, Latinoamérica, Oceanía y Sudáfrica.

En tercer lugar, la re-orientación del comercio de China. En 2015, un 66% de las exportaciones de China se desarrollaban en países avanzados; el dato se ha contraído hasta el 56% en 2023, mientras se ha incrementado en las naciones emergentes, entorno al 44% (CaixaBank Research, IM12, diciembre de 2024). Los flujos comerciales entre China y la Unión Europea se han estabilizado, a la vez que se han reducido hacia Estados Unidos y Japón. Además, países como México, Vietnam y otros emergentes ofrecen ya mercados alternativos a los productos y servicios chinos. Esas rutas se verán implementadas por el impacto de los aranceles de Trump. Otro factor es remarcable: imponer aranceles a las importaciones chinas puede derivar a una depreciación de su moneda. Esto, a su vez, podría enjuagar en parte el encarecimiento arancelario impuesto por Estados Unidos, de forma que ello quizás represente una mejora en la competitividad de los productos chinos hacia esas rutas a las que aludíamos. Los costes de esa política de Trump los pagarán los propios consumidores estadounidenses.

Un cuarto factor es la elasticidad de la demanda de Estados Unidos –es decir, cuánto puede variar la cantidad demandada de los productos sometidos a arancel en función de los cambios en sus precios– determinará la efectividad de las medidas desplegadas por Trump. Además, debe considerarse la posibilidad, bastante real como ya hemos indicado, que los países afectados por los aranceles busquen otros mercados alternativos al de Estados Unidos, toda vez que las elasticidades de importación y exportación de los países de altos ingresos promedian entorno al 1,4; mientras en las naciones en desarrollo esa cifra es del 0,7, tal y como se revela en el reciente estudio de los economistas Shantayanan Devarajan, Delfin S. Go y Sherman Robinson, para el Banco Mundial (véase: https://openknowledge.worldbank.org/server/api/core/bitstreams/0fae79c1-a353-4b20-8e4f-8670bd9b4182/content). Estas medidas proteccionistas van a suponer una caída de la apertura comercial, el impacto a la apreciación del dólar y una posible subida de tipos de interés por incremento de los precios. La emisión del mensaje proteccionista ha podido llenar de regocijo a los partidarios del nuevo presidente, que ven una “recuperación” de un cierto orgullo perdido ante sus competidores, con la mirilla siempre puesta en China. Pero esta estrategia económica puede volverse en su contra.

En quinto término, Trump ha prometido también una importante rebaja de impuestos que, sobre todo, va a favorecer a las rentas altas y a las empresas. Esto inferirá por un lado mayores beneficios empresariales; y, al mismo tiempo, una determinante reducción de ingresos fiscales cuya traslación al gasto público va a ser relevante. Teóricamente, esa bajada de tributación tiene efectos-llamada a la inversión exterior. Pero, a su vez, va a contribuir al fortalecimiento del dólar. Si a ello añadimos el otro anuncio de Trump, la expulsión de fuerza de trabajo inmigrante y el impedimento a su entrada legal en el país, de manera que en conjunto esto va a reducir la oferta laboral, la situación va a afectar al crecimiento económico por esa contracción de trabajadores (que, además, se ubican en una gran mayoría en trabajos de servicios, de construcción y agrarios).

En conclusión, si lo expuesto se acaba confirmando, son previsibles los siguientes movimientos: incremento de la inflación, fortalecimiento del dólar, reducción de las exportaciones estadounidenses e impacto sobre la política monetaria si la situación se extrema, subiendo los tipos de interés. Un aspecto sobre el que Trump ha puesto un énfasis específico, exigiendo a Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, que baje los tipos de interés de forma inmediata, transgrediendo también aquí la independencia de otro contra-poder a la presidencia de Estados Unidos. Por consiguiente, no está claro que todas esas medidas acaben beneficiando en el medio plazo a la economía de Estados Unidos. Las incógnitas son múltiples. Una: la respuesta de la población si las posibilidades apuntadas se hicieran realidad en su totalidad o en parte: qué reacción puede haber, de carácter social –como está indicando por ejemplo Bennie Sanders–; o en las elecciones parciales en dos años. Dos: qué mecanismos puede tener el Estado de Derecho para poner diques de contención a muchos despropósitos que el nuevo presidente quiere ejecutar. Y, finalmente, tres: qué actitud adoptarán el resto de países ante anuncios y amenazas perpetrados por Trump, impregnados de matonismo, de un desprecio absoluto hacia la ciencia, y de falta de respeto a la independencia de las naciones y al derecho internacional.

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Condonación: atrapados en la contradicción  

            La crisis de 2008, la Gran Recesión, supuso para las finanzas públicas españolas un golpe tremendo, que afectó de manera enorme la recaudación tributaria. Según la Intervención General del Estado, para Balears este mazazo generó la caída de ingresos del orden de unos mil millones de €. Todo bajo la tormenta de cierre de mercados, con incrementos de primas de riesgo y en un escenario de tipos de interés elevados. Financiarse en los mercados financieros fue harto difícil. Quienes estuvimos en ese momento en el puente de mando padecimos intensamente la sacudida de una crisis sistémica que nadie –y cuando digo nadie es nadie– esperaba en los términos y profundidad que se produjo. Deuda pública y déficit público subieron en Balears, porque esa era la política económica adecuada para evitar, por ejemplo, el recorte sobre los servicios públicos esenciales. La austeridad expansiva era la receta que emanaba desde Europa y desde el Banco Central Europeo. Una sangría que supuso, para la Unión Europea, salir de la crisis en 2014: seis años de travesía del desierto en el campo de las finanzas, con rescates bancarios incluidos. Craso error.

En tal contexto, hubiera sido balsámico disponer de mecanismos de amortización de la deuda que se contraía. Se hubiera agradecido por una sencilla razón: porque esa ayuda evitaría el pago de los servicios de esa deuda. Ahora, se ha planteado la posibilidad de condonar una parte de la misma. Para Balears, algo más de 1.700 millones de €, cerca de un 18% del monto insular. Calificar esto de “nefasto” o de un “insulto” a la población de las islas es un despropósito mayúsculo, de una gran frivolidad. Deducir que todo esto es para contentar a Catalunya es falaz e inexacto, máxime cuando casi el 53% de la condonación total de 83 mil millones de € va a afectar a comunidades autónomas regentadas por el PP, con el auxilio de Vox.

La AIReF, una institución fundamental, acaba de emitir un informe en el que destaca la importancia de la condonación propuesta, con la advertencia de que esa condonación debe ir aparejada a una condicionalidad fiscal. Aquí está uno de los meollos de la cuestión, para evitar esto que se ha denominado “riesgo moral”. Pero el citado organismo es meridiano en su diagnóstico: la condonación supondrá un alivio de ahorro de intereses para las regiones que se acojan y, por tanto, reducciones en sus déficits. Los principales beneficiarios de la medida están encabezados por Andalucía y Catalunya; Madrid, crítica principal de esta propuesta, presume que se financia a través de los mercados y no del Fondo de Liquidez Autonómico. Pero podría condonar más de 8 mil millones de €. Está pagando más de 300 millones de € en intereses. Y persiste en lo que se enfatiza negativamente también desde AIReF y otros organismos: su laxitud tributaria, su dumping fiscal que está retrayendo su capacidad de obtener más ingresos en aras de la responsabilidad financiera que todas las comunidades autónomas deben tener. Mal negocio para las regiones si renuncian a la condonación por motivos ideológicos. Porque es difícil defender su posición actual desde criterios técnicos.

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Guerra mundial y aumento de beneficios

            Los beneficios empresariales de las grandes compañías españolas han crecido notablemente en el ejercicio 2024. Las firmas cotizadas en Bolsa han visto aumentar sus ganancias casi un 21%, con bancos y empresas energéticas encabezando la lista de principales agraciados. El dato es relevante. E indica, según declaraciones de algunos de los dirigentes, que en 2025 esa cifra puede ir en una tendencia similar: no se auguran dificultades insalvables, a pesar de los tiempos de incertidumbre que estamos viviendo. En el campo turístico, Meliá ha alcanzado unos beneficios de casi 141 millones de euros, lo que representa un 19,4% más que en 2023. Los grandes capitanes del capitalismo español tienen motivos para estar satisfechos, de manera que cualquier movimiento telúrico que genere inseguridad les preocupa. Es algo natural, consustancial al capital: éste es miedoso, no acepta trabajar en escenarios inciertos, y busca siempre vías seguras para incrementar su cuenta de resultados.

            Debemos ver, en 2025, si tales guarismos se verán afectados a raíz de las amenazas de la administración Trump. Y si los aranceles sacudirán otros sectores productivos de la economía española. Según recordaba Raymond Torres en un brillante artículo, las exportaciones españolas hacia Estados Unidos representan menos del 5% del total (en Alemania, por ejemplo, son del orden del 10%). Las empresas agroindustriales –que alcanzan beneficios de gran volumen– y las farmacéuticas pueden verse más afectadas, a pesar de que, por ejemplo, en el caso de las primeras, disponen de márgenes para encarar un shock comercial derivado de la política arancelaria, según el trabajo de Torres.

            En el caso de las corporaciones de Estados Unidos, los datos avanzaban una disminución del –0,4%, según cifras del tercer trimestre de 2024 (https://es.tradingeconomics.com/united-states/corporate-profits). Pero un crecimiento del 11% en el total de cierre del año, según previsiones de Bankinter, con aumento esperado del 13,7% para 2025 y del 10,5% para 2026 (los datos en Intereconomia.com). Puede suponerse que esas variables presuponen un cierto caeteris paribus en el contexto interior de la economía de Estados Unidos y en el entorno internacional. Porque las variables más actualizadas de la Reserva Federal de Atlanta, para febrero de 2025, están indicando ya retrocesos en el PIB (del orden de –1,5%), sin que dispongamos por el momento de magnitudes fiables y más granulares sobre la realidad microeconómica. Según Bloomberg, utilizando datos de S&P, el sector del automóvil y el tecnológico son los que están siendo más perjudicados en este momento por la Trumpeconomics: caídas en ambos casos del –3%, desde inicios de 2025.

            Ante esto, la pregunta que uno puede formularse es si la generación de intranquilidad, desasosiego e incertidumbre que está desplegando Trump –que incluso habla de una Tercera Guerra Mundial, como uno de sus exabruptos– con sus medidas de todo tipo, son el caldo de cultivo propicio para que las empresas puedan desarrollar con claridad sus cometidos; sobre todo, el seguir obteniendo números verdes acrecentados en sus cuentas de resultados. Porque, remitiendo de nuevo al índice S&P (que aporta Bloomberg), sectores como las telecomunicaciones (11%), el sanitario (7%), los materiales (6%), la energía (5%), las finanzas (6%), el consumo básico (2%) o el inmobiliario (2%) van conociendo datos positivos: entre el 2% y el 11%, según la actividad de que se trate. En paralelo, Bloomberg presenta dos índices referidos a incertidumbre económica y comercial en Estados Unidos, con un corolario clave: ambos indicadores se han elevado, en enero de 2025, a niveles aproximados a los datos conocidos durante los meses de la pandemia.

Claro y raso: ¿les conviene una guerra militar a esos consorcios, teniendo en cuenta su situación actual? Nos inclinamos a pensar que no, habida cuenta que los desenlaces de conflictos abiertos, bélicos, no van a proporcionar ni aperturas comerciales –es decir, el acceso a demandas externas– ni mejoras sustanciales en los aparatos productivos. De hecho, algunas grandes empresas norteamericanas como Tesla están viendo caer sus cotizaciones en Bolsa, y reducir la cartera de pedidos, con el empuje de la guerra comercial: sin cañones. ¿Puede mantenerse una tensión militarista, agresiva, inquietante, por empecinamientos absurdos? ¿Están dispuestos segmentos poderosos del capital a perder capacidades, mercados, clientes, elementos que ahora tienen, en aras de una estrategia expansionista de carácter militar o de una alianza con Rusia, con lo que esto puede suponer en clave de sus propios consumidores, sus propios empresarios?

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