Presentación del libro Economía en crisis. Aprendiendo de la Historia Económica, Madrid, 28 de enero de 2025

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2025: ¿Hacia dónde vamos? Un avance de urgencia

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Tecnofeudalismo, tecnomagnates

            Entramos en un nuevo paradigma: ruptura del multilateralismo, proteccionismo económico, negacionismo generalizado, desacreditación de la democracia, dominio de los llamados tecno-magnates, búsqueda de liderazgos atribulados por redes sociales. Lo contrario, lo vigente, pero en peligro, es, con todos los matices y críticas, la idea de una globalización compartida, la apertura comercial, la conciencia del problema climático y de la emergencia energética y la capacidad de las instituciones democráticas. Nos adentramos en una fase que cuestiona el estado actual amparado por las democracias liberales, en una dirección que nada tiene que ver con procesos de mejora, sino más bien de formación de escenarios dogmáticos y autoritarios. Distopías impulsadas por personajes que utilizan el caos como arma de dominación.

Se está hablando de tecnofeudalismo, concepto acuñado por Cédric Durand (Tecnofeudalismo. Crítica a la economía digital, La Cebra, Donostia, 2021), y que Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto, Barcelona, 2024) ha seguido explorando: auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas por la propiedad del “capital en la nube”. Es la transición hacia una economía que conoce avances relevantes en el plano tecnológico, pero con claros retrocesos políticos.

            Estos importantes desempeños de la tecnología punta, proveniente de la Industria4.0 o Cuarta Revolución Industrial, están suponiendo un control social por la gran conexión de la población con las plataformas digitales. La dominación de los potentes conglomerados tecnológicos y la dependencia de los individuos, junto al incremento descomunal de los beneficios de aquellas empresas, culminan con conductas excéntricas con fines improductivos por parte de los tecno-magnates. Lo que antaño eran el consumo de lujo y la guerra se repite de nuevo, si bien con otras formulaciones: carreras espaciales que pretenden llegar a Marte e incursiones en el mundo de la política alimentando la crispación, el desorden, la manipulación y, por qué no, también la guerra. Estamos ante un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado –y sigue caracterizando– la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba, para Durand y Varoufakis.

            Esta nueva forma del capitalismo se presenta espoleada por los cambios políticos que se han producido en las últimas convocatorias electorales del año 2024, con la máxima expresión en los resultados en Estados Unidos. El triunfo de Donald Trump, el ideario que ha ido comunicando y los primeros nombramientos que ha realizado, promueven una seria preocupación. Las incertidumbres que se abren son numerosas, destacadas por Kristalina Georgieva, directora-gerente del Fondo Monetario Internacional (Financial Times, 10.01.2025). Regresión acusada.

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Ultraliberales, anarco-capitalistas

            Declaraciones furibundas, de gran extremismo, por parte del presidente argentino Javier Milei: la negación de la justicia social –consustancial a los economistas clásicos, desde los fisiócratas con François Quesnay hasta los liberales con John Stuart Mill, pasando por Adam Smith y David Ricardo–; el elogio de la inexistencia del Estado –yendo más allá, incluso, que Hayek o Schumpeter–; la mitología de un elenco de premisas llenas de eslóganes –meritocracia, “quien quiere, puede”, cultura del esfuerzo desprovista de sus anclajes sociales–; y un enaltecimiento de la franja más rica de la población que, además, apenas debe pagar impuestos, franja que se opone a los inmigrantes, observados como consumidores pasivos de los bienes públicos. El contraste: ricos que se lo merecen todo; vulnerables que lo son por sí mismos. Darwinismo económico y social. Esta es la mochila que presenta Milei en el plano teórico en su acción de gobierno. Esta es la hoja de ruta que pregona a los cuatro vientos y que han comprado, con calurosos aplausos, las opciones más ultraconservadoras –en lo social– y ultraliberales –en lo económico– de España. Incluyendo no solo a formaciones políticas, sino igualmente a empresarios relevantes. Mensajes que, además, se licúan en buena parte de la Unión Europea, ante unos comicios que van a ser decisivos para el futuro comunitario.

            Las propuestas prácticas de Milei, que algunos ven extensibles a España: dolor y terapia de choque. Esto es textual, junto a la política de la motosierra. Vayamos, como siempre, a los datos, que provienen en su mayor parte del INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos de Argentina). Cuando Milei accede al poder, el 44% de la población argentina estaba en situación de pobreza; ahora, es el 60%. Salarios y pensiones congelados, desmantelamiento del escaso Estado del Bienestar –sanidad, educación–, factores que inciden en el consumo de alimentos esenciales como la leche o la carne, productos –sobre todo este último– destinados a la exportación con caídas enormes en el consumo local, desconocidas desde 1967, según las estadísticas oficiales. La situación de las empresas no es boyante: reducción de un 6,3% la producción industrial y del sector de la construcción, por la parálisis de las obras públicas. Seccionar la economía pública conduce a este caos, que es el que vive la sociedad argentina con otro calvario a cuestas: la inflación, que era del 211% a la llegada de Milei al poder, está ahora cerca del 180%, en variables interanuales. Los alimentos han cuatriplicado su valor; igual que la ropa u otros productos, con magnitudes que triplican o quintuplican su precio en pocos meses. El superávit fiscal del que presume Milei tiene causas técnicas: sigue manteniendo los impuestos a las capas medias y bajas de la población –ingresa–, pero ha recortado de manera draconiana los servicios sociales –gasta menos–. Un “cuadre” de cuentas con un coste social elevadísimo. El ejemplo argentino no es nuevo. Lo vimos en el Chile de Pinochet, con las recetas ultraliberales de Milton Friedman, admirado por el liberalismo español. Motosierra económica, desastre social.

            Denostar lo público se ha radicalizado en los mensajes lanzados por el conservadurismo ideológico: solo lo privado es eficiente y patentiza mayores utilidades. En Argentina, se está ensayando un ejemplo drástico de desmantelamiento de lo público, recortado asignaciones presupuestarias a capítulos básicos como la sanidad, la educación, los servicios sociales y las inversiones. La economía de la motosierra agrada a muchos economistas y gobernantes, que se encuentran instalados en unos preceptos ideológicos dogmáticos que solo parecen ver en sus críticos y oponentes. Veremos los precipicios sociales.

            La economía de mercado tiene costes. La pregunta clave es quién los asume. Aquí se establece una especie de “juego” entre la esfera pública y la privada. Esta última proclama las excelencias del mercado como institución eficiente para la fijación de precios. Pero el Estado acaba por ser una pieza determinante para los que buscan en las ubres públicas lo que ese mercado no les puede ofrecer. Mariana Mazucatto ha escrito un libro aleccionador sobre todo esto (El Estado emprendedor, RBA, Madrid 2011). Una reivindicación clara de la inversión pública como acicate básico que se acaba extendiendo al ámbito privado y, después, a la sociedad. Los triunfadores privados, los emprendedores, han accedido a fondos públicos esenciales para el funcionamiento de sus proyectos. Éstos, al final, han revertido en un beneficio limitado para el conjunto de la población, si bien la imagen que puede tenerse es la contraria. Datos: la capitalización bursátil de las cien empresas más ricas de Silicon Valley representa unos tres billones de dólares. Esto beneficia, sobre todo, a un grupo reducido de managers y altos directivos. En paralelo, según explica en un reciente trabajo Éloi Laurent Nuestras mitologías económicas, El Viejo Topo, Madrid 2017), California se empobrece: colegios y universidades públicas están en retroceso, y la especulación inmobiliaria se ha disparado y ha hecho crecer la pobreza.

            Estos emprendedores tienen dos señas específicas: los impuestos y el recorte de salarios. La defensa a ultranza de la bajada de impuestos constituye un mantra pretendidamente demostrado por la teoría económica, a saber: reducir impuestos supone dinamizar la economía. A su vez, conceptos básicos como el de competitividad se acaba relacionando, tras la fraseología de rigor que trata de edulcorar la situación, con el control de los salarios. El corolario de esto es la desigualdad. La investigación económica abona esta perspectiva: la concesión del premio Nobel de Economía 2024 a tres historiadores económicos que han investigado sobre las diferentes causas en la disparidad del crecimiento económico, incluyendo la desigualdad como uno de los grandes telones de fondo, subraya la tesis de la inequidad en la distribución de la renta. La inversión pública es clave para revertir todo esto: una función esencial del sector público. Una muestra: la Gran Recesión se superó tras 29 trimestres; la crisis de la COVID, en 7. La causa de tal diferencia: las diferentes políticas económicas implementadas. El peso de la inversión pública.

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Una Política Económica para una Democracia Económica (presentación en catalán)

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Cómo nos desinforman

            Lecturas recientes sobre este proceso de estrategias de desinformación, al que asistimos desde hace ya tiempo: un libro de la profesora Julia Cagé (Salvar los medios de comunicación, Anagrama) incide en la problemática, de forma contundente. La tesis de la expansión del bulo y de la mentira es exitosa: como indica Cagé, ¿estamos mejor o peor informados con ese alud copioso de noticias, argumentos, declaraciones, sin tener constancia exacta de si, realmente, obedecen a la realidad o al menos se aproximan a ella? El tema afecta a todos los ámbitos, incluyendo la ciencia y, también, la economía. Asistimos a ecosistemas cada vez más contaminados por noticias falsas, que se erigen en mensajes centrales que se convierten sorprendentemente en creíbles para mucha gente. Fijémonos, por ejemplo, en la idea que suele desprenderse en cuanto a la gestión económica. Esta, se reitera una y otra vez, es más eficiente si: es privada y no pública; es protagonizada por ideologías conservadoras.

            Cabe señalar, con datos en la mano, que esto no es así. Períodos importantes en la historia económica más reciente, como desde los años 1950 hasta la década de 1980, la filosofía económica y la política económica que se implementaron bebieron de las fuentes de la socialdemocracia de perfil keynesiano, con gestores de izquierdas –y también de derechas– que alzaron las economías que estaban en declive a causa de la guerra. Si adoptamos cronologías más próximas, tanto en Francia, como en Alemania o España, los períodos de gobiernos progresistas han cristalizado en mejoras para la ciudadanía y con gestiones aceptables. Y con apuestas por la intervención pública en economía, en colaboración con las empresas. Con enlaces sólidos entre la política monetaria y la política fiscal, entre 1950 y 1975.

            Pero la falacia está servida: las derechas gestionan mejor, aunque, insistimos, no siempre los datos acompañen a esa afirmación atrevida. Veamos: en el caso de las catástrofes –y en España hemos conocido muchas, por desgracia–, la gestión conservadora se ha caracterizado por una palabra: nefasta. Ante esto, los bulos hacen su cometido, estimulados por quienes pretenden cambiar el devenir de los procesos: la desinformación se alza, imparable. Lo hemos visto en las elecciones al Europarlamento hace unos meses; o en las de Estados Unidos hace pocas semanas. Desinformar significa, en palabras de Bannon, el gran ideólogo de todo esto, “poner mierda en los canales de información”. Construir en definitiva realidades inexistentes, pero que así sean percibidas por la población. Con gran toxicidad.

            Cagé se hace eco de esta problemática que, a su juicio, está sacudiendo la democracia tal y como la conocemos actualmente: el triunfo de la ignorancia, la incultura, la no-ciencia, para consolidar un dominio anti-democrático, sustentado sobre los designios de un capital cada vez más empoderado y decidido a no camuflar ninguna de sus intenciones. El profesor Yanis Varoufakis nos habla, junto a otros autores que utilizan un concepto similar, de tecnofeudalismo: de un retorno a antiguos preceptos de dominios señoriales y siervos de la gleba. ¿Estamos ya en esa senda?

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Misiones económicas. Aplicación de la teoría de Mariana Mazzucato a la economía de Baleares

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Teología tributaria. Bajar impuestos disminuye el bienestar

1. Reduciendo impuestos nos irá mejor: las evidencias lo desmienten

            Los partidos conservadores siguen prometiendo reducción de impuestos. Este es un reclamo electoral de primer orden; y lo saben. A pesar de que, en la práctica, cuando esos mismos partidos conservadores han llegado al poder, acaban por subir la tributación, con argumentos muchas veces peregrinos (herencias recibidas, facturas en los cajones, etc.: todo de manual). Esto se ve tanto en escenarios internacionales como en los más próximos. Lo hicieron Ronald Reagan en Estados Unidos, Margaret Thatcher en Reino Unido, Ángela Merkel en Alemania y Mariano Rajoy en España. En todos estos ejemplos –podrían sumarse algunos más–, el conservadurismo político y económico promulgó, antes de los comicios, generosas bajadas fiscales que, sin embargo, no iban a generar ni déficit, ni deuda, ni menoscabos en la economía pública. Los resultados empíricos son bien distintos. En todos los ejemplos que se han indicado, los ingresos cayeron en picado, los gastos no solo se redujeron en capítulos como la sanidad y la educación, sino que se incrementaron en partidas como las asignadas a la industria militar –esto es particularmente evidente en Estados Unidos–, de tal manera que la plasmación fue clara: déficits gemelos, público y de balanza de pagos.

            Es cansina esta monserga de la reducción de impuestos, como gran panacea económica. Porque es falsa, y existe una bibliografía abundante que lo ratifica. Fijémonos que las promesas que se van conociendo por parte de los partidos conservadores –sobre vivienda, por ejemplo– significan un incremento del gasto público en el marco de una reducción de los ingresos públicos al bajar los impuestos: algo que es matemáticamente imposible, y que forma parte más bien de principios teológicos y dogmáticos que de la observación de los casos científicos. A título de muestra: en un reciente estudio de David Hope y Julian Limberg, “The economic consequences of major tax cuts for the rich”, publicado en el prestigioso Socio-Economic Review de Oxford (vol. 20, abril 2022, pp. 539-559, con amplia bibliografía de apoyo: https://doi.org/10.1093/ser/mwab061) se analizan, para un período que va de 1965 a 2015 (¡cincuenta años, nada menos!), el impacto de las bajadas de impuestos a 18 países de la OCDE. Tres son las importantes conclusiones, entre otras, que se desprenden de la investigación: la renta per cápita no aumenta con esa política tributaria, el desempleo no se reduce y lo que se sí se incrementa es la desigualdad de renta.

2. El mosaico español

Pero en el caso de España, los datos son igualmente contundentes. Las comunidades gobernadas por los conservadores, fervientes admiradoras de la reducción de impuestos y de su aplicación, no han aumentado su recaudación tributaria. Las cifras de la Agencia Tributaria (IRPF, Sociedades, IVA e Impuestos Especiales) son ilustrativas y demoledoras al respecto: en 2022, los ingresos tributarios totales aumentaron un 14,4%. Pero vemos como en Andalucía esa cifra es del 12,2%; Castilla y León, un 9,7%; Galicia, un 12,2%; Murcia, un 3,1%; solo Madrid se situó en la media nacional. Cantabria (48,3%) y Balears (47,5%), encabezaron la subida de recaudación, sin promocionar reducciones drásticas en los ingresos tributarios, sin hacer de esto un conflicto de Estado. Un análisis sobre los impuestos cedidos a las comunidades autónomas resume resultados parecidos (sobre esto, véase el completo trabajo de Begoña Ramírez: “Suspenso al ‘dumping fiscal’…”, Infolibre, 11 de abril 2023). Por nuestra parte, realizamos un estudio exhaustivo sobre las 17 comunidades autónomas para el periodo 2010-2019, con análisis matemático de diferentes variables tanto macroeconómicas como sanitarias (Manera-Navinés-Quetglas: “Recortar servicios pasa factura. Un análisis de urgencia para las diecisiete comunidades autónomas”, https://economistasfrentealacrisis.com/recortar-servicios-pasa-factura/, febrero de 2022). El trabajo aporta unas conclusiones clave, en consonancia con los datos apuntados más arriba y con las aportaciones de los profesores Hope y Limberg; recordamos tres, sintéticamente, a continuación:

1. Bajar los impuestos no incrementa el crecimiento económico de una región, ni eleva necesariamente la recaudación tributaria. La insistencia en este punto, por parte de las opciones conservadoras, vuelve a instalarse en el terreno de una fe que ellos dicen creer, pero que la tozuda realidad les niega.

2. El gasto corriente y las inversiones públicas han incidido positivamente en el bienestar social: ayudaron a la contención del exceso de mortalidad que provocó la COVID-19. Esta afirmación ha sido refrendada por organismos internacionales. En esta relación, la comunidad de Madrid, puesta siempre como modelo para los conservadores, es un caso particular, puesto que tuvo una ratio de defunciones muy superior al resto del territorio español. Además, la inequidad social entre diferentes barrios de la ciudad remite a diferencias en la esperanza de vida y otros indicadores de bienestar (véase: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0213911121001424).

3. Cuando políticos de derecha y extrema derecha dicen que el éxito del crecimiento económico se debe a una menor carga fiscal, estamos ante una afirmación falsa. Esto no se aviene con un análisis de la realidad, que siempre es más compleja que una simple aseveración vacía de contenido, formulado para un consumo electoralista (véanse los cálculos en el link de EFC mencionado arriba). 

3. Reflexiones finales

La gran cantidad de datos y estudios disponibles –remitimos, por ser muy reciente, a la bibliografía citada en el trabajo de Hope y Limberg– indican que los países con fiscalidad digamos que “normal” –en función de los diferentes tramos de renta, lo cual infiere un aumento en la capacidad recaudatoria de la hacienda pública– desarrollan estados del bienestar más vigorosos. Y ello impacta sobre un incremento de la renta per cápita. Precisamente, la evasión fiscal que promueven otros países (y también empresas; sobre esto, otro estudio muy reciente de: Thomas Torslov-Ludvig Wier-Gabriel Zucman: “The Missing Profuts of Nations”, The Review of Economic Studies, https://doi.org/10.1093/restud/rdac049, julio de 2022), y que suele ser ignorada cuando no aplaudida por determinadas formaciones políticas, acaba por inferir problemas a los países con fiscalidades –como decíamos– “normales”. De hecho, el 36% de las ganancias multinacionales se trasladan a paraísos fiscales a nivel mundial. Las multinacionales estadounidenses transfieren el doble de ganancias que otras multinacionales en relación con el tamaño de sus ganancias extranjeras. Si las ganancias transferidas se reasignaran a sus países de origen, los beneficios internos aumentarían alrededor de un 20 % en los países de la Unión Europea con impuestos altos, un 10 % en Estados Unidos y un 5 % en los países en desarrollo, mientras que caerían un 55 % en los paraísos fiscales. Este coste de oportunidad, calculado por Torslov, Wier y Zucman es brutal, y constituye una pieza más, de gran relevancia, sobre las promesas fiscales y las facilidades elusivas gracias a las mayores laxitudes en las medidas de control tributario.

Pensamos que es caer en una trampa que los partidos progresistas invoquen la reducción de impuestos, para competir en ese dumping fiscal con los conservadores. Ese no es el camino. La pedagogía fiscal debe focalizarse en dar a entender a la población qué se hace con los impuestos que devenga: qué servicios, infraestructuras e inversiones se sufragan con las declaraciones fiscales (sobre esto, consúltese nuestra entrada de abril de 2022: “Inflación y gasto público: ¿a dónde van nuestros impuestos?”, https://economistasfrentealacrisis.com/inflacion-gasto-publico-a-donde-van-nuestros-impuestos/). El debate de mantenimiento, aumento o reducción de impuestos debería situarse en ese escenario, con cuestiones esenciales: ¿para qué sirve la tributación? ¿hacia qué apartados se canaliza? ¿qué coste de oportunidad tienen las decisiones? Éste y no otro es el tema, arrinconando la ideologización de los mensajes y la utilización populista de la cuestión.

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Opiniones sobre mi libro Economía en crisis. Aprendiendo de la historia económica, Catarata-UIB, Madrid, 2024

«En el libro del que hablamos se halla la mutidisciplinariedad de las ciencias sociales de Hirschman, su aversión a las grandes teorías generales y su método de trabajo (…) Una de las banderas centrales de la batalla ideológica en la que interviene Carles Manera con su libro está referida a los impuestos. Los impuestos como civilización. En sociedades con necesidades, que en uno y otro grado son todas, los impuestas son necesarios para combatirlas».

Joaquín Estefanía, economista, periodista especializado en temas económicos, exdirector de El País.

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Opiniones sobre mi libro Economía en crisis. Aprendiendo de la historia económica, Catarata-UIB, Madrid, 2024

«Este libro es importante, y no es esta una frase tópica, ya que estimo que puede enriquecer los trabajos de otros economistas o de investigadores preocupados por la naturaleza y los impactos del crecimiento económico».

Profesor José Manuel Naredo, estadístico y economista.

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