Crisis de la deuda, ¿colapso económico?

Los enfrentamientos entre instituciones económicas sobre los problemas de las deudas soberanas, empiezan a ser otra vez acuciantes. Grecia, de nuevo, vuelve a estar bien presente en el escenario. Por ejemplo, los cambios de tercio del FMI en relación a estas cuestiones son llamativos. La evolución de las declaraciones de la directora de dicha entidad han ido desde la dureza más absoluta con Grecia hasta el reclamo de mayor flexibilidad hacia la Comisión Europea. Un giro copernicano que, no obstante, no esconde la preocupación financiera central que se tiene en los puentes de mando de la economía mundial: el capitalismo puede entrar en un nuevo colapso ante la insistencia enfermiza en mantener políticas durísimas en el ámbito presupuestario, y escasas capacidades de renegociación de las deudas, en la esfera de las finanzas. El Financial Times se hacía eco de este conflicto, esta misma semana, y ponía en un brete a los principales dirigentes económicos europeos frente a las tesis del FMI. Las deudas soberanas de la Europa del sur constituyen verdaderos quebraderos de cabeza para los ministros económicos de la Unión, y el caso griego vuelve a ser, de nuevo, ilustrativo.

El Fondo preconiza que debe existir mayor flexibilidad con la deuda helena. El FMI apuesta por una amplia reducción de la deuda, que a su juicio se aliviaría con la fijación de los intereses de todos los préstamos de la zona euro, hasta el año 2040, a precios de mercado actuales, de alrededor del 1,5 por ciento. Esto presupone, de entrada, un escenario de crecimiento económico sostenido para los próximos veinte años. No lo veo factible, tal y como están las cosas en el campo de la política económica europea. A título de muestra: un modesto deslizamiento a la baja en el crecimiento económico a largo plazo de Grecia, España o Portugal de medio punto –cosa nada descartable–, podría generar un contexto que haría que tanto sus deudas y las financiaciones necesarias para cubrirlas fueran de escaso interés tanto para los inversores privados como para las propias instituciones europeas, en un marco temporal que podría llegar, incluso, hasta el 2050.

Pero, además, debe tenerse en cuenta un elemento de gran hipocresía por parte del FMI: éste critica la política de rigidez de la Unión Europea hacia la deuda soberana de Grecia pero, por el contrario, nada dice de los compromisos de deuda que tienen los países del sur –con Grecia como primordial damnificado– hacia el FMI. ¿Estaría dispuesta la señora Lagarde a realizar, también procesos de flexibilidad y de renegociación de las deudas soberanas que atañen al Fondo? ¿O, por otra parte, vende un recetario para otros que no está dispuesta a imputarse a ella misma?

El enfrentamiento entre las instituciones económicas más importantes en relación a la deuda hace pensar, una vez más, en la posibilidad de una nueva crisis, si se tiene en cuenta un aspecto clave: resulta imposible cubrir las deudas tal y como pretenden las instituciones económicas. Y, por su parte, los gobiernos europeos, con su cerrazón en la teología económica, no ayudan nada en contribuir a la corrección de este grave problema.

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