¡Hay que cambiar la política económica!

La frase no proviene de ningún radical; la ha formulado el comisario Moscovici, en el contexto de la evolución de la economía europea. Contrariamente a lo que preconizan muchos dirigentes, la economía de la Unión Europea no va a despegar en 2017 como se nos ha dicho. El estancamiento parece claro, por un motivo esencial: la ausencia de planes concretos de inversión que generen efectos multiplicadores sobre la inversión privada y, por tanto, el crecimiento económico necesario para generar ocupación. Bruselas habla ahora de 50.000 millones de euros como plan de choque, un tercio del plan Junckers, que pretende estimular igualmente las empresas con la palanca pública. Las infraestructuras prometidas por Trump se han concretado en un gasto del orden del billón de dólares, de los que unos 150.000 serían impulsados por la administración y el resto por la esfera privada. Los números, así expuestos, siguen siendo insuficientes para atajar el enorme problema de generación de ocupación que tenemos en Europa (y también en la consolidación de puestos de trabajo más estables y solventes en Estados Unidos).

Mandatarios europeos y economistas significados del FMI (como Olivier Blanchard) empiezan a ver ya de reojo el mainstream de la economía consolidada: ésta no ha aportado resultados efectivos en positivo para la población; es más, los recetarios que han emanado de Bruselas y Berlín han condensado un luteranismo económico de carácter maniqueo, con el castigo como resultado para díscolos e incumplidores. Y esto ha sido percibido de manera negativa por la población de la Unión. Es aquí donde probablemente aparece este tímido cambio de orientación en la política económica: las reglas del mainstream (más austeridad, equilibrios a ultranza, obsesión por el déficit público) pueden aparcarse, motivadas sobre todo por el peligro que se ha visto en el triunfo de Trump en Estados Unidos. La traslación de esa corriente populista al escenario europeo sería letal para la permanencia de la Unión: Francia, Hungría, Austria, Alemania, Italia, serían casos que pudieran abrir paso a la desmembración del proyecto europeo, y su incursión en estrategias aislacionistas, nacionalistas y ultra conservadoras.

El ejemplo americano es ilustrativo: Trump ha triunfado en buena parte de los cinturones industriales de las urbes estadounidenses, feudos que antaño eran demócratas y que en buena parte se han pasado con armas y bagajes a la lógica republicana del discurso populista: primero América, garantía de trabajo para todos, prohibición de la inmigración –que quita empleos– y abandono de esclusas de gasto público, como el que afecta al cambio climático. Ojo con lo que pueda pasar en Francia, donde ciudades importantes escoraron ya su voto hacia Le Pen, cuyas huestes lanzaron mensajes muy similares a los que se han escuchado en la campaña americana en boca de Trump. Hay, pues, un espejo en el que mirarse, para corregir errores.

Un escollo importante va a ser el referéndum italiano, en el que el primer ministro se juega su futuro político. Y, si me permiten, quizás se juegue un eslabón fundamental de la cohesión europea. Frente a esto, que se ha ido gestando en los últimos años, con signos evidentes que algunos economistas, modestamente, estábamos señalando (en nuestro caso, la consulta de entradas pasadas en este blog no me desmentirá), la política europea se han mantenido inerme, prisionera de los preceptos acientíficos del mainstream.  Una Europa que tiene, en algunos de sus países, situaciones de deflación clara (con tasas negativas en el incremento de los precios, como sucede en Grecia); o que ostenta inflaciones de poco más del 1,2% (descontando ya la bajada de los precios del petróleo, un factor clave para la caída de los precios), necesita políticas de estímulo a la demanda. Y aquí, la inversión se revela como la pieza seminal. Sin inversión no hay crecimiento robusto. Sin éste, no hay ocupación solvente. Esta es la ecuación que debieran tener clara los mandatarios de Bruselas y Berlín en su frontispicio estratégico, habida cuenta que tienen, además, los instrumentos precisos: el Banco Europeo de Inversiones y el propio Banco Central Europeo. Para evitar más desgarros sociales, mayores desigualdades, la primera de las instituciones citadas ha de incentivar los planes inversores, en sinergia continua con el Banco Central Europeo. Todo, además, para eludir el peligro del populismo de extrema derecha que ya no es un espantajo para asustar, sino una amenaza real que podría dar al traste con tantas décadas de esfuerzo para construir un proyecto europeo con una abierta economía social de mercado.

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