Francia: ¿un nuevo nacional-socialismo?

El triunfo de Fillon en Francia como candidato de la derecha a los futuros comicios, ¿puede parar a la extrema derecha? Fíjense en la paradoja: se busca a un tipo de derechas para frenar a la derecha más extrema, un hecho insólito. Dudo que se frene el crecimiento de Le Pen. El programa del líder conservador Fillon es, en lo económico, más de lo mismo: austeridad al máximo, recortes y contracción del gasto público (en particular, del gasto social). Es decir, idéntico recetario que ha llevado a la desafección de la población en ciudades industriales o con larga tradición del voto progresista. Si la visión en Europa, tras la victoria de Trump en Estados Unidos, se limita a desarrollar la política de la derecha con el lenguaje de la derecha, y sin un contrapunto copernicano por parte de la izquierda socialdemócrata, el resultado está cantado: la ciudadanía acabará por decantarse por la extrema derecha. Ésta, además, ha adoptado un relato que entremezcla la reivindicación de la clase obrera, junto al reconocimiento del hecho nacional: un nacional-socialismo en toda regla, salvando distancias.

En Francia, Europa se juega más que la convocatoria electoral de un Estado, por muy importante que sea. Que la esperanza para detener el ascenso del integrismo cultural y política sea la derecha “civilizada”, no deja de ser triste. Una derecha que, además, reniega de la economía social de mercado, a la que culpa de todos los males. Un auténtico mazazo para una izquierda incapaz de ofrecer alternativas efectivas que contribuyan a reorientar la situación. Porque la solución para Europa pasaría, justamente, por exponer una política económica opuesta a la desarrollada hasta el momento. Esto inferiría centrar más esfuerzos en el avance de la inversión pública, como multiplicador de la formación brutal de capital. Hasta el mismo Trump parece haber entendido un hecho que se desatiende en la Unión Europea: la necesidad de mayores inversiones en infraestructuras. Un argumento que la OCDE también ha hecho propio, habida cuenta el análisis que ha realizado sobre los grandes indicadores macroeconómicos europeos y su estado todavía poco musculoso.

La historia económica revela que, en un escenario de atonía o de frágil crecimiento, el despliegue de la inversión pública es un factor clave. Si los planteamientos siguen siendo, como ha anunciado Fillon, la reducción del gasto social y los intocables principios de la austeridad, entonces no será nada extraño que en los cinturones obreros y de trabajadores de servicios en las ciudades francesas, acabe triunfando Le Pen: su mensaje es, como lo fue el de Trump, mucho más directo y resolutivo. En paralelo, la izquierda francesa se encuentra noqueada, tras haber asimilado en su ADN todas las recetas (o buena parte de ellas) neoliberales: un despropósito. Ante esto, el electorado va a apostar por opciones de lenguaje político claro, inequívoco, con escasos matices. Esto lo proporciona un populismo simplista que no tiene, desgraciadamente, el contraste adecuado y riguroso para detener su, hasta ahora, implacable crecimiento. Tras Francia, pueden venir Austria e Italia…pero ¿y después?

 

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