La servilleta de Laffer

La FED (Reserva Federal de Estados Unidos) subirá de nuevo los tipos de interés. Esto fastidia a Trump, que anda presionando para que el movimiento no se produzca: las medallas que se va colgando sobre la positiva evolución de la economía americana (un mérito que debe imputarse a Obama, como recordaba hace pocos días Kenneth Rogoff). De entrada, el dólar se va a fortalecer, y creará problemas a las exportaciones americanas, si bien abaratará las importaciones. Pero con la política arancelaria de Trump, la cosa se complica. La confianza general estriba en el anuncio de medidas de mayor gasto público: más infraestructuras en un país que necesita renovarlas; amén de los incrementos inversores en la industria militar norteamericana. Sectores tractores que van a impulsar el crecimiento económico a pesar de que se expanda a su vez lo que Yanis Varoufakis ha calificado como “déficits gemelos”: comercial y presupuestario. Todo esto es condicional: nadie conoce el devenir económico real, y los economistas debemos movernos bajo conjeturas y supuestos. Pero teniendo muy presente la experiencia del pasado.

En paralelo, el FMI ha lanzado dos mensajes sobre la economía española: se pide una nueva financiación para las autonomías, proceso que parece encallado; y se asume que, para cumplir con las reglas del déficit público, se deberían recortar más gastos, de manera que deberá operarse sobre los ingresos en forma de mayores cargas tributarias. Otras recetas son más familiares: moderación salarial y más reformas estructurales, que se intuyen dirigidas a hacer más flexible el mercado laboral. Trabajar sobre perspectivas de incrementos de impuestos es una de las estrategias, precisamente, del gobierno de Pedro Sánchez: gravámenes sobre grandes empresas. Línea acertada.

Curiosamente, el FMI señalaba algo que el Ministerio de Hacienda no ha querido observar nunca: los déficits de las comunidades autónomas son asimétricos (es decir, distintos, pero todas deben cumplir con un mismo objetivo), desde el momento en que su trayectoria ha sido diferente y su capacidad de financiación desigual. Esto obliga a ceder más márgenes en impuestos como IRPF e IVA –favorecería mucho a Catalunya y Baleares–, más de lo que ya se consiguió con el sistema de 2009. Y se debería inferir mayor capacidad fiscal a las autonomías, con la adopción de figuras tributarias que no sean recurridas desde la administración central. El otro factor apuntado por el FMI se relaciona precisamente con el déficit público y la política fiscal. La conexión autonómica es clave: el FMI indica que recortar gasto va a ser muy difícil –porque afecta al gasto social–, y la clave del equilibrio será una política de ingresos que aumente la tributación. El FMI habla de que existe margen para al IVA turístico y la restauración, piedras angulares de las economías balear y canaria: el ratio IVA/PIB es un 3% inferior en España, en relación a otros países.

Ante esto, sorprende que las vestales del liberalismo económico insistan en bajar impuestos como gran receta y primordial eje estratégico. No saben que hasta en el FMI se ha arrojado al cesto de los papeles la servilleta de Laffer.

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