El modelo histórico del crecimiento balear, 1700-2010

La historia económica de las islas Baleares ha avanzado notablemente en los últimos veinte años. La consolidación académica de la disciplina en la Universitat de les Illes Balears ha contribuido notablemente a ese éxito. Las aportaciones que se comentan, surgidas en los últimos seis años y que sintetizan programas comunes de investigación (avalados por proyectos ministeriales competitivos), enfatizan unos rasgos fundamentales en la evolución de la economía insular:

  1. Para Baleares, el análisis de los factores internos de la economía –estructura agraria, impulso del propio mercado, actividades manufactureras e industriales- se ha fortalecido y se ha podido conocer mejor gracias al estudio del comercio. La escasez, en el caso de economías insulares, acaba por desembocar en dos escenarios: o bien se entra en la senda más dura de la autarquía y con pocas opciones –y aquí el aislamiento y la inseguridad social aparecen sin remisión: los ejemplos corso, sardo o siciliano son elocuentes-; o las autoridades, los comerciantes, los empresarios, los pequeños productores, en suma, los agentes sociales buscan las fórmulas más propicias para obtener aquello que no se produce en el propio país. Y, lo que es más importante, intentan mantener los circuitos para evitar, en el futuro, nuevas situaciones indeseadas. Baleares entraría en esa estrategia de perseguir –y de hallar– alternativas a los estados de postración. En tal sentido, las exportaciones marítimas fueron fundamentales para financiar la compra de las importaciones hasta los años 1960 –de alimentos, de materias primas, de maquinaria, de inputs energéticos–. La concreción de esas mercancías ha permitido deducir qué cambios se estaban operando en la estructura productiva de las islas, con crecimientos demográficos articulados entorno a núcleos superiores a cinco mil habitantes (Escartín, 2001a; Manera, 2001), hasta el punto de poder cuestionar muchas de las afirmaciones que se mantenían, invariablemente, sobre el crecimiento económico balear (Manera, 2001). En el caso de Mallorca, se ha demostrado que sus puntales productivos fueron mucho más ricos y diversificados que lo que se presumía a partir de las investigaciones más vinculadas al mundo agrario; en el ejemplo de Menorca, se ha reseñado que su vía particular de crecimiento debe mucho menos a los ingleses y más a los planes de los emprendedores locales (Casasnovas, 2006). Si uno de los problemas más relevantes del desarrollo económico es la falta de conocimiento de los mercados y las incertidumbres que existen a su alrededor, no cabe la menor duda de que ese escollo ha sido superado ampliamente por la economía balear en el curso de su más reciente historia económica. Este acercamiento constante al mundo de las transacciones ha potenciado capacidades y actitudes, tanto en operaciones que tienen la demanda insular como principal estímulo, como en negociaciones en las que cuentan mercados más lejanos, al margen del propio país. En este último punto, la función de las partidas invisibles ha debido ser crucial para el crecimiento económico balear. Se conoce mejor el tema en coordenadas cronológicas más próximas, a raíz del turismo; pero es igualmente cierto que antes de este fenómeno los retornos de capitales, la culminación de beneficios en asuntos ajenos a la misma economía productiva isleña, las primas en los seguros marítimos, el movimiento de capitales a partir de efectos cambiarios, debieron ser ingredientes que terminaron por cuadrar los renglones de la balanza de pagos.
  2. El caso de Baleares incide en una idea fundamental: la existencia de elementos no convencionales que también ayudan a entender el crecimiento económico de un país o de una región. Tal vez sea ésta la contribución más original del modelo balear (Manera, 2001; 2006). Las islas, parcas en lo que siempre se han considerado como condiciones fundamentales para las trayectorias modernas de crecimiento –inputs energéticos accesibles, industrialización sobre sectores pautadores, etc.–, han conocido suficientes propuestas económicas, dirigidas por una multitud de protagonistas anónimos, que han acelerado el paso del crecimiento. Esos proyectos de carácter microeconómico tuvieron su transcendencia macroeconómica. Se ha podido observar, así, que Mallorca y Menorca presentaban, ya desde el Setecientos, signos evidentes de capacitación emprendedora, latente y disponible, aunque no siempre aflorada, que organizaba y reconducía una de las grandes ventajas comparativas de las islas: la versatilidad de su fuerza de trabajo (Manera, 2001; Molina de Dios, 2003; Casasnovas, 2006). Es precisamente esta capacidad, manifestada en los cambios que han experimentado las respectivas estructuras económicas insulares, la que promovió efectos de retroalimentación, sumados a los nuevos retos. Dicho con otras palabras y a modo de ejemplo: aplicar en Baleares las herramientas ortodoxas que analizan la composición del mercado de trabajo –con la clásica sectorialización clarkiana-, ha conducido con frecuencia a conclusiones presentadas como irrefutables –pero erróneas– sobre la naturaleza de su economía. Es cierto que los historiadores económicos seguimos adoptando ese parámetro, pues evidencia una utilidad que es persuasiva en muchos casos. Pero el conocimiento más profundo de la evolución histórica de la economía balear nos advierte de situaciones de movilidad, pluriactividad e iniciativas a pequeña y modesta escala –en las que el trabajo femenino es crucial–, que muchas veces guardan una relación muy tangencial con las reglas convencionales de los sectores estrictos (Escartín, 2001b; Molina de Dios, 2003). La dicotomía agricultura frente a industria no resulta taxativa –ni asumible de manera mecánica– en Mallorca y Menorca, desde el momento en que la caracterización de sus respectivas pautas económicas desde fines del siglo XVIII –en las que la intensidad de la fuerza de trabajo y de su capacitación profesional fue el primordial componente, con estrechos vínculos mercantiles– convierten a ambas islas en muestras claras de un desarrollo económico que es poco adscribible a modelos convencionales más rígidos (Casasnovas, 2006; Molina de Dios, 2003).
  3. El turismo irrumpe de manera precoz en Mallorca y no en Córcega, Cerdeña, Sicilia, Malta o la misma costa levantina española por la existencia de otras claves que, en cierta medida, particularizan el crecimiento económico de la isla balear. La conclusión que se avanza es que Baleares no era una economía pobre, en el momento de los cambios que acaecían en la política y en la economía españolas en la segunda mitad de la década de 1950. Y no lo era porque la base económica insular, que había atravesado la penuria de los cuarenta con enormes dificultades –como ya había sucedido en otras épocas históricas–, se descubría, sin embargo, suficientemente sólida para reponerse y acabar, hacia 1960, en la cúspide de las regiones españolas en nivel de renta –junto a las economías históricamente industrializadas–, siguiendo sendas recetas del pasado: producir para vender e intermediar entre oferta y demanda (Manera, 2001). Creo que son esos fundamentos históricos, no exentos de problemas, de contradicciones y de fases recesivas, los que aportan las explicaciones más perspicaces para comprender todo el proceso. Aquí, las líneas de fuerza son los adiestramientos y las habilidades históricas en saber negociar con mercados lejanos, ser capaces de cambiar monedas –hecho que siempre ha entrañado enormes dificultades–, pensar en estrategias eficientes para reducir costes de transacción y, en definitiva, tener la capacidad de transformar un sector económico en otro distinto, utilizando este capital que ha representado, históricamente, el crecimiento de la economía. En ese sentido, Baleares está más próxima de la evolución económica del País Valenciano que de otras regiones con tejidos industriales clásicos. En el caso insular ésta es, en suma, su destreza particular demostrada para invertir. El desarrollo de la economía balear, desde la expansión vitícola del XVIII mallorquín, al avance de la manufactura del calzado y de los textiles de lana y algodón en Mallorca y Menorca, pasando por la extensión de almendros, higueras y cultivos de regadío en los campos de la balear mayor en el XIX y XX, hasta llegar a la irrupción del turismo de masas en ambos territorios, debe observarse como un proceso continuo, con lógicas independientes en las dos islas, pero con los rasgos comunes que se han descrito (Manera, 2001; 2002; Casasnovas, 2006). Por consiguiente, y aunque se trata de una obviedad, es la historia de una secuencia larga con una gama amplia de repercusiones, de economías externas, de encadenamientos. Existen, por tanto, conexiones decisivas entre las inversiones de los diferentes períodos analizados: hablar de rupturas irreconocibles con el pasado –tal y como suele hacerse cuando se analiza el turismo, al que se desgaja de todo el proceso económico anterior– no hace más que enturbiar la correcta comprensión de la evolución económica. Porque este planteamiento ignora los precedentes más directos que justifican el despegue turístico, y arrincona en el olvido el importante capital que ha posibilitado ese corolario.

En 1960, en el mismo umbral del turismo masivo, los principales sectores económicos de Baleares presentaban estos perfiles:

  1. a) La agricultura reafirmaba el modelo agrario de principios de siglo. La tendencia se constata desde la posguerra, a pesar de las enormes dificultades que se conocieron en esos aciagos años. En tal sentido, los informes económicos de la Cámara de Comercio son aleccionadores: en la década de 1940, la situación agraria es calificada como negativa y, en el mejor de los casos, se tilda de regular. Las causas que explican esa situación son, en esencia, tres. En primer lugar, la política de precios controlados –con el teórico objetivo de asegurar el suministro a la población– desestimuló la producción de géneros básicos, como los cereales y las patatas, e incidió en el desarrollo del mercado negro y del contrabando. En segundo término, la autarquía penalizó las cosechas de frutos secos y cítricos, mercancías de alta demanda en Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Finalmente, los problemas de suministros de abonos y de energía eléctrica resultaron lesivos para el avance agrario. Por tanto, es normal que patatas y almendras, géneros emblemáticos del nuevo modelo comercial, cayeran en sus cotas de producción entre 1940 y 1948, y que sólo en 1949 los empresarios anuncien que estas cosechas empiezan a recuperarse. De hecho, en 1960 la situación de la agricultura balear no puede intuirse como negativa, en relación a períodos anteriores. Por ejemplo, la comparación con la extensión de los cultivos entre 1860 y 1960 permite observar el mayor aprovechamiento del suelo en el curso de un siglo, el claro incremento del regadío y la reducción del olivo y del cereal, si bien éste último aumenta en relación a los datos sistematizados para el primer tercio del Novecientos.
  2. b) La industria se mantenía en sus dimensiones históricas. Entre 1940 y 1960, la industria balear distingue tres grupos de subsectores, con aperturas de nuevos establecimientos industriales relacionados de manera particular con el inicio del turismo. Un primer elenco que crece de manera importante es el formado por las empresas que abastecen directamente la actividad constructora, con bienes semielaborados. Son los casos de carpinterías, reparaciones mecánicas, herrerías, fabricación de tejas y ladrillos y aserradoras. El segundo grupo se vincula sobre todo con la demanda de bienes finales y servicios, como son las industrias relacionadas con la alimentación, los talleres de reparaciones eléctricas, los de reparaciones ópticas o las salas de cinematografía. Finalmente, un tercer bloque, que solo aumenta ligeramente, incluye las aperturas en la actividad más tradicional, como las registradas en las industrias del cuero, de la química o del textil. Las ampliaciones de capital se producen en las ramas industriales en alza (reparaciones mecánicas y herrerías), pero también en las históricas, como las de bisutería, tejidos, fabricación de hielo y de cámaras conserveras o descascaradoras de almendras. Ahora bien, muchos de los nuevos establecimientos que florecen en estos años acabarán por manifestar su debilidad cuando, una vez enriquecidos en la etapa del boom turístico, se comiencen a manifestar los síntomas de la crisis, generada por las mayores oportunidades que está ofreciendo el sector servicios emergente (Manera, 2002).

Por consiguiente, otra hipótesis que se augura es que, en el momento de la irrupción del turismo de masas, la economía balear no se enfrentaba a una situación crítica a nivel interno. Las islas se encontraban, ya a mediados de los cincuenta, por encima de la media española en renta per cápita (poco más de un 20%), y en 1959 se hallaban, en pesetas corrientes, al 76% del PIB por habitante de la Europa de los quince. La comparación balear con las economías regionales más desarrolladas asevera la ventaja isleña sobre el levante valenciano y el lógico retraso con los contrastes catalán, madrileño y vasco, aunque las distancias no son abismales. España alcanzará la renta per cápita de Baleares correspondiente a 1955 en 1961, hecho que proporciona una noción de que la estructura económica isleña no planteaba, en los albores turísticos, retrasos insalvables que indujeran la clara orientación terciaria que se inaugura en la década de 1960 (Manera, 2001). Así pues, no es prudente argumentar la pobreza previa como único elemento que agudizó la apuesta por el turismo en las islas, habida cuenta que Baleares ocupaba, a mediados de los años 1950, el primer furgón de las regiones españolas, junto a Madrid, Cataluña y el País Vasco. Son otros los factores que deben ponerse en consideración. Y, en tal sentido, cobra mayor fuerza la génesis de un modelo económico en el que la polivalencia de los agentes sociales –una característica que es histórica– se convierte en el principal activo (Escartín, 2001a; Molina de Dios, 2003).

El crecimiento económico de Baleares desde 1955 hasta fines de siglo es constante, como testifican las cifras del VAB. Entre 1955 y 1996, la tasa del VAB se ha incrementado el 5,09, más de un punto sobre la media española, cifrada en el 3,97. Este es el mayor índice regional de todas las comunidades en cuarenta años, y guarda una relación directa con la coyuntura de la economía internacional, cuyos avatares sacudirán la estructura económica insular en dos momentos particularmente duros: la crisis energética de los setenta y el bienio 1991-1993. Pero esto ha afectado de forma parcial el trasiego de visitantes al archipiélago, que se ha mantenido en una clara proyección creciente. En tal aspecto, las cifras son espectaculares: de unos 98.000 turistas llegados a Baleares en 1950, se accede al turista un millón en 1965, dos millones en 1969, tres millones en 1971, cinco millones en 1982 y diez millones en 1998. Los períodos críticos se superan, pues, con cierta presteza. El impacto que este volumen de visitantes provoca sobre la estructura socio-económica insular es radicalmente transformador. Estamos ante el verdadero giro copernicano de la economía de Baleares desde el siglo XVI, que se traduce en un pionerismo empresarial en el sector turístico que, además, produce know how exportable a otras zonas similares menos maduras (islas Canarias, Cuba, República Dominicana y China, especialmente). El colofón es imponente: los ingresos que representa la actividad turística en Baleares han pasado de casi 439.000 millones de pesetas en 1990 a poco más de un billón en 1998, con una tasa de crecimiento del 14,73% en relación a 1997

Estos resultados avalan la hipótesis de partida, en una dirección muy clara: el análisis del crecimiento económico desde la perspectiva de la historia económica, favorece la comprensión de fenómenos acumulativos, algunos de carácter intangible, que administran de forma sólida los linkages entre las diferentes etapas históricas. El crecimiento no se improvisa. El pionierismo balear hunde sus bases en un profundo aprendizaje, una relación muy dinámica con el mercado y una capacidad de visualizar nuevas posibilidades en las demandas internacionales, de la mano del turismo de masas. Esta es la gran lección que tiene el modelo balear para el análisis del crecimiento económico.

Referencias bibliográficas

Casasnovas Camps, M.A. (2006), Història econòmica de Menorca, Editorial Moll, Palma.

Escartín Bisbal, J.M. (2001a), La ciutat amuntegada. Indústria del calçat, desenvolupament urbà i condicions de vida a la Palma contemporània (1840-1940), Documenta Balears, Palma.

Escartín Bisbal, J.M. (2001b), El quefer ocult. El mercat de treball de la dona a la Mallorca contemporània (1870-1940), Documenta Balear, Palma.

Manera, C. (2001), Història del creixement econòmic a Mallorca, 1700-2000, Lleonard Muntaner Editor, Palma.

Manera C. (dir.) (2002), Las islas del calzado. Historia económica del sector en Baleares, 1200-2000, Lleonard Muntaner Editor, Palma.

Manera, C. (2006), La riqueza de Mallorca. Una historia económica, Lleonard Muntaner Editor, Palma.

Molina de Dios, R. (2003), Treball intensiu, treballadors polivalents (Treball, salaris i cost de la vida: Mallorca 1860-1936), Conselleria d’Economia, Comerç i Indústria, Govern de les Illes Balears, Palma.

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