El débil latido económico de Europa

En economía, la eurozona está anémica. Las últimas prospectivas sobre la economía de Europa plantean serias dudas sobre su pretendida recuperación. Los datos son anoréxicos, poco más del 1% en el mejor de los casos. Hasta el FMI ha advertido que la debilidad del crecimiento europeo es ya muy preocupante. Esto no sólo afecta a los países del sur, sino de forma evidente a las presumibles locomotoras, Alemania y Francia. Hay poca fuerza para arrastrar el tren europeo. Y a ello no ayudan los combustibles que se ponen en la caldera: más recortes salariales, mayor flexibilidad en el mercado laboral, más desregulaciones; más consolidación fiscal y austeridad, en suma. Este recetario ha fracasado.

En la historia económica de los últimos cien años, nunca se había visto una tercera recesión en un solo quinquenio, como está pasando ahora. Esto se debe a la obcecación enfermiza y fuertemente ideologizada de los dirigentes europeos y de sus principales instituciones económicas. Mientras Estados Unidos presenta signos inequívocos de recuperación, con crecimientos que han permitido, incluso, enjuagar parte de los déficits, un mérito, sin duda, de la Reserva Federal y de la política económica de Obama, Europa se sumerge en un callejón sin salida.

En la eurozona se contraen las exportaciones, los precios van cayendo, la confianza empresarial mengua y las cifras del paro permanecen, en el mejor de los casos, o estancadas o con la irrupción de contratos precarios. Es decir, estamos ante amenazas evidentes de deflación. En estos casos, con señales que recuerdan claramente la Gran Depresión, deberían incentivarse políticas que estimulasen la demanda, a la vez que aguijonearan sectores productivos. En tal sentido, la inversión pública debería ser “recuperada” como palanca crucial de crecimiento, a pesar de la incidencia que ello tendría, en el plazo inmediato, sobre la deuda. Sin embargo, ésta seguirá aumentando: sólo las políticas tendentes a activar el crecimiento permitirán que, a medio plazo, la tendencia de la deuda se pueda corregir.

En este contexto, las previsiones españolas y baleares sobre el crecimiento económico esperado para 2015 son muy arriesgadas. Pensar que España va a crecer a tasas superiores al 2%, como también Baleares –según anuncios hechos por los respectivos gobiernos–, sin tener en cuenta los cambios que se están produciendo en Europa, me parece un ejercicio que no ayuda nada la solvencia en el diagnóstico. Las dependencias española y balear con los mercados exteriores son muy importantes, y los clientes preferenciales, externos, son aquellos países –Alemania, Gran Bretaña, Italia, Francia– que tienen situaciones inciertas en su macroeconomía. Un error en las previsiones que se están realizado condiciona completamente el cuadro de ingresos públicos, y ello infiere consecuencias importantes en las políticas de gasto e inversión. Es difícil cuadrar una ecuación en la que el voluntarismo de tintes electoralistas domina sobre cualquier otro aspecto. Pienso que el crecimiento no se producirá en los ritmos que preconizan los gobernantes, si la economía europea late con dificultad. Y olvidarse de esto último –de Europa– es garantía de fracaso.

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