La directora del FMI lanzó la ironía más ácida, tras la entrevista con el ministro Varoufakis: «quiero un adulto en la sala», espetó contundente. La frase respondía a otra previa del mandatario heleno, al calificar de «criminal» la actitud del FMI en relación a Grecia.
Quizás Varoufakis se excedió verbalmente, pero no es menos cierto que las cómodas diatribas del FMI, que surgen de acomodaticios despachos y desde atalayas privilegiadas, acaban sonando, si no a «crimen», sí al más acendrado de los cinismos. Reclamar a un país que está exhausto que todavía se precipite hacia la anorexia económica, no deja de ser un sarcasmo de mal gusto. Máxime cuando ese raquitismo económico se traslada a las clases más vulnerables de la sociedad helena y a sus servicios básicos. Seguro que Varoufakis debió pensar, ante la reprimenda de Lagarde: «usted solicita un adulto; yo sólo pido alguien, niño o adulto, que tenga sentido común». Porque esto, sentido común, es lo que está fallando en todo el proceso griego. Se acusa a Tsipras de «jugar» con los tiempos, y de ofrecer medidas inaceptables para la Comisión Europea y el FMI. Pero lo que no tiene sentido es que todos los circuitos financieros que se están poniendo en marcha conduzcan al mismo bucle perverso: la descapitalización de Grecia. Se deja dinero por un lado, y se reclama por otro, sin opción para que ese flujo monetario pueda impregnar lo más relevante: el tejido productivo y el consumo. Así no se sale de una crisis; se agudiza y se retrasa la recuperación. Los casos de historia económica que avalan esto son más numerosos que los que dicen lo contrario. La fe y la ideología no pueden sustituir la realidad económica.
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