Impartición de 30 horas de clase sobre Nationals Accounts en el Master de Análisis Económico de la Gdansk University of Technology.

Impartición de 30 horas de clase sobre Nationals Accounts en el Master de Análisis Económico de la Gdansk University of Technology.

Una vez más, se ha revelado la falacia de la austeridad económica, de los ejercicios presupuestarios pretendidamente equilibrados. Los datos conocidos del cierre de 2015 para la economía española devuelven a la realidad a los macroeconomistas optimistas. Quienes advertimos –también se hizo desde esta columna– de que el gobierno del PP cuajaba unas cuentas irreales para 2016, hechas en clave electoralista, hemos acertado. No hacían falta genialidades para ello; sólo sentido común. El nuevo gobierno deberá ajustar las cuentas en unos 25.000 millones de euros (nosotros hablábamos, fíjense, de unos 10.000 millones…nos hemos quedado cortos), si pretende cumplir con los requisitos de Bruselas. Un abismo social.
Una vez más, Cristóbal Montoro amenaza a las comunidades autónomas. El incumplimiento del déficit público, 5,2% sobre PIB en vez del 4,2%, que era el previsto, ha encendido de nuevo las alarmas en un Ministerio que ya sabía el desenlace final, aunque lo ha silenciado hasta hoy mismo. Esto fue advertido desde Bruselas, tanto en informes como en declaraciones de altos cargos, y por la propia AIREF (autoridad fiscal independiente) que, de facto, clavó el dato hace ya algunas semanas, de forma que el aviso estaba dado desde instancias distintas, tanto a Montoro como a De Guindos. Ambos, negaron en su momento esas evidencias, y siguieron confiando en la teología económica, en la fe: se cumpliría, decían, como siempre se había hecho. Falso. En claro: el gobierno no ha controlado las cuentas públicas, ni ha hecho frente a la emergencia laboral y social del país, dos factores sobre los que Rajoy ha insistido como prioritarios en su política económica. Un fracaso en toda regla de las recetas aplicadas, que han supuesto incumplimientos reiterados y tangibles en los ejercicios 2012-2015. Tozudas cifras para desarmar a un gobierno demasiado noqueado por las circunstancias.
Los del FMI y los de la Comisión Europea atacan de nuevo. Reclaman más recortes en España, en sueldos, sanidad y educación: del orden de unos 9.000 millones de euros. La locura se ha instalado en la mollera de estos tipos, que sólo parecen ver los grandes números de la macroeconomía, pero ignorando todo lo que afecta a la economía social. Estos recortes, calificados en los documentos de manera pomposa como «ahorros fiscales adicionales» y como una «forma de ganar eficiencia», incorporan a su vez una lectura que se traslada al modelo de financiación de las autonomías españolas, que deben adaptarse a esa realidad del ajuste. Así, el FMI reclama más copagos en el mundo sanitario y educativo y el incremento de matrículas en las universidades públicas. El objetivo es aumentar los ingresos públicos y la reducción de la deuda. Nada se dice de políticas fiscales progresiva, y sí de regresivas: aumentar el IVA es el gran descubrimiento de los próceres del Fondo.
Esta ortodoxa visión, una receta de «corte y pega» que se adscribe a todos los países sin excepción, como si fuera una ley económica imbatible, no encuentra apoyo en otros expertos que, en principio, profesan una ideología tan liberal como la que emana del Fondo. Es el caso, por ejemplo, de Larry Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos y ex de muchas cosas más (rector de Harvard, asesor presidencial, etc.), que ha lanzado jarros de agua fría a la calentura de los profetas de la recuperación: para Summers, estamos ante un «estancamiento secular» –concepto que el último informe del Banco Mundial ha hecho suyo, tal y como informaba el Financial Times del 11 de junio de 2015–, relacionado con la evolución demográfica y la falta de inversión. El planteamiento coincide con visiones más propias de un neo-keynesianismo más que con los preceptos neo-liberales. Así, Summers aboga por un incremento del gasto público, una política monetaria expansiva y el desarrollo de inversiones. El análisis de Summers no elude la Historia Económica: evitar la repetición de 1937 (cuando se retiraron los estímulos que había propiciado el New Deal, y se cayó de nuevo en la recesión, sólo superada a raíz del final de la Segunda Guerra Mundial), y las recetas aplicadas por Japón en la década de 1990 que son, ni más ni menos, muy parecidas a las que despliega Europa en la actualidad. Un guión para el fracaso.
La tesis reciente del FMI es otra más que contrasta con anteriores pronósticos del Fondo, en algún momento muy alarmado por la situación de la precariedad española, hasta el punto que Lagarde se apuntó a la advertencia de que, quizás, las medidas de austeridad eran excesivas. Pero vean que ahora, de nuevo, se vuelve al redil: más leña a la caldera de la austeridad, más sacrificios para los de siempre y, por tanto –porque los datos son tozudos–, más desigualdad a costa de una efímera recuperación económica.
Pero, al igual que Summers, otros economistas de corte liberal empiezan a recelar de ese prontuario que el FMI reconsidera para España. En una reciente reunión en el monasterio portugués de Sintra, un extenso elenco de economistas y banqueros debatieron sobre otras formas para combatir el desempleo, al margen de las devaluaciones internas: con el incremento de la productividad por la vía de la innovación y la tecnología. El tema rememoraba, de alguna forma, la denostada curva de Philips, toda vez que se señalaba que estabilizar precios puede producir pérdidas permanentes de producción y empleo; es decir, se debiera priorizar más la estabilidad del desempleo que la de los precios. Y esto, no nos engañemos, requiere de algo tan claro como la palanca del sector público.
Permítanme que lo grite: ¡por fin! Sí: por fin los sesudos macroeconomistas, asesores de banqueros, miembros del sistema financiero, entienden una cosa que algunos historiadores económicos y economistas venimos diciendo hace ya tiempo: que los procesos de grandes inflaciones son históricamente difíciles de alcanzar y que, en general, desde el siglo XIX hemos asistido a crecimientos económicos con inflaciones relativamente bajas. La mayor inflación, correlacionada con un aumento salarial, contribuye a engrasar la economía, como han demostrado de forma convincente los trabajos de Akerlof, y facilita una mayor perspectiva para el consumo, la inversión y la reducción de la deuda pública.
El contraste con el FMI está bien servido igualmente en el reciente libro de Martin Wolf, una pluma liberal de referencia, oráculo que vierte en el Financial Times sus palabras como guía y faro para políticos, asesores y académicos. Vamos: las reglas de Moisés. Pero los avances de Wolf van más allá de la economía como disciplina y se adentran en el mismo corazón de la política y, esencialmente, del sentido de la democracia. Ésta, dice Wolf, está más amenazada por la inestabilidad económica que conduce al aumento del paro y la extensión de la desigualdad que por la inflación, la caída de los beneficios empresariales o el pretendido –y poco convincente– avance del comunismo, un mantra, éste último, que hace sonrojar.
Para Wolf, la visión complaciente y optimista de lo bien que estaba funcionando la economía y el sistema financiero (una visión a la que él mismo contribuyó a alimentar) no era más que «una sandez». La Gran recesión, que pilló por sorpresa a todo el mundo –menos a Roubini…–, Wolf incluido, se atajó desde 2008 hasta 2010 con recetarios netamente keynesianos, que se retiraron demasiado pronto –¡como en 1937!, aquí la coincidencia es total con Summers–, para readoptar la austeridad como marco de la política económica. En tal sentido, Wolf defiende la necesidad de implementar otras líneas de actuación en Europa, y una de ellas sería la emisión de eurobonos, una herramienta que, a su juicio, alejaría el riesgo de deflación.
¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Qué originó la crisis? La óptica no convencional se dibuja de nuevo frente a la ortodoxia neo-liberal. No sólo el fracaso del sistema financiero alimentó la Gran Recesión. Otros aspectos de calado deben ser tenidos en cuenta: la liberalización en el comercio global, las TIC que allanaron la globalización económica, el envejecimiento de la población que cambió el balance entre ahorro e inversión en economía avanzadas. El resultado: una economía mundial con sobreabundancia de ahorro y escasez de inversión, canalizado de los países emergentes a los avanzados, que crearon a su vez burbujas. Reformar el sistema financiero parece ineludible. Y pasa por la capacidad de los gobiernos para «crear dinero» y financiar así los déficits gubernamentales desde los bancos centrales, que deben sopesar la cantidad de dinero que se puede imprimir sin incurrir en tensiones inflacionistas.
Todo esto no hace más que demostrar cómo desde la teoría económica existen voces discrepantes con la doctrina oficial, sin necesidad de salirse del círculo de la misma escuela de pensamiento. Y la reivindicación recurrente de una megateoría que es exitosa en cualquier coyuntura y bajo cualquier condición no deja de ser, como siempre he dicho, una cuestión de fe, ya que los datos no acompañan. Una teología que poca cosa tiene que ver con la ciencia y mucho con la astrología.
El crecimiento económico en 2016 se ralentiza. Lo dijimos en enero de 2016, tras una lectura rápida de los indicadores de previsión. Las Bolsas mundiales están instaladas en un vaivén constante, con particular estrépito en los indicadores económicos en China: las caídas han sido aquí muy relevantes, entre el 10% y el 14% (Shangai y Shenzen, respectivamente), lo cual ha impactado al conjunto de los parqués. China patentiza un grave problema en su encaje económico, que siempre se había considerado robusto y sostenido. El control del gigante asiático en los mercados exteriores y en parcelas significativas de la deuda pública de países ricos –como Estados Unidos, por ejemplo– hacían presagiar un camino imparable hacia un liderazgo casi incuestionado. Pero los movimientos sísmicos que se están produciendo en la economía china sitúan el problema en un ámbito más certero del análisis económico: las contradicciones de un crecimiento sustentado, de manera esencial, en las exportaciones, con peso muy limitado del propio y amplio mercado para el desarrollo. Crecer a partir de la divisa exportadora es positivo… siempre que no se descuide la demanda nacional, el mercado propio. Es aquí donde China va a tener –lo recuerdo una vez más– los retos más determinantes, no exentos de otras contradicciones.
Desde hace más de un año, desde este blog, se viene comentando que Europa no puede salir de la crisis económica sólo con medidas monetaristas y con la austeridad como guía. Algunos datos macroeconómicos, algunas prospectivas, hacían ver que existían ligeras mejoras en la economía de la Unión, a pesar de la enorme disparidad existente. Pero ahora, una vez más, se manifiesta con toda crudeza la situación real de la economía. Hemos dicho (y está escrito en este mismo espacio) que:
Las recientes previsiones de importantes instituciones económicas indican una clara debilidad en los indicadores de la economía europea. Mientras Estados Unidos ya visualiza un crecimiento económico que se acerca al 3% y el paro se reduce; mientras Japón conoce un avance de su PIB del orden del 1,5% y los precios remontan nuevamente, lo cual es un signo inequívoco de que la demanda se expande, Europa sigue anclada en un recetario fallido que infringe enormes sacrificios a su población. ¿Qué proponer? Veamos tres puntos concretos:
Las fases alcistas del ciclo económico suelen ir emparejadas a aumentos salariales, toda vez que disminuye la desocupación. Esto puede explicar la reducción de la tasa de beneficio o, también, una mayor equidad social –tal y como demuestran las investigaciones de Thomas Piketty y Branko Milanovic. Por el contrario, la caída salarial es el preludio de una nueva etapa de recuperación del sistema económico: la reducción de costes es un atenuante explícito para mantener viva la acumulación. La crisis puede suponer, entonces, destrucción de una parte de capital, incapaz de reproducirse de forma productiva. En tal contexto, las finanzas aparecen como salidas plausibles para asegurar ganancias, y aportan la imagen de la generación de valor. Pero los avances que provocan esas acciones no se relacionan de manera directa con la producción. En ésta, los segmentos menos solventes del capital desaparecen, bien por estrangulamiento financiero, bien por menor competencia: quiebras, cierres, procesos que utilizan las empresas resistentes para hacerse con bienes de capital a precios bajos. El mercado se vacía de competidores. Ganar más y relegar de los mercados a los competidores es la base de los cambios en las fuerzas de producción: aquella “destrucción creadora” de Joseph Schumpeter. Pero atención: ni todos los empresarios son innovadores, ni actúan guiados por el valor añadido. La mayoría de ellos se mueve por un objetivo elemental: obtener mayores réditos, aunque esto suponga no innovar, no mejorar, no incentivar. Y aquí el control salarial constituye la pieza seminal: la devaluación de los salarios, junto a actuaciones expeditivas en las legislaciones laborales –en este punto resulta vital la connivencia de los gobiernos–, persigue una meta esencial: bajar los costes laborales unitarios. La explotación, por tanto, se incrementa.
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